La filtración

Melocotón de Calanda
¡Ñam, ñam!

«Coincide el arranque del curso, doctora, con la novedad esta de la reforma constitucional. Quién dijo que el regreso del verano es tedioso. Septiembre es un tiempo de cambios, este año con el añadido de las elecciones generales a la vuelta de la esquina. Habrá más cambios en el espacio público. Llega el tiempo de las uvas, los últimos días los higos, los primeros y últimos melocotones de Calanda, tan efímeros. El adiós a la piscina de verano (toca la cubierta), el hasta pronto a las sopas frías y la lenta vuelta de los platos de cuchara a los fogones. Pronto perderán color los puestos del mercado con las frutas y verduras de otoño. Un poco más allá aterrizarán los sabrosos tomates de invierno, tan deliciosos. Los quioscos que se llenan de fascículos de cosas que nunca aprenderé. Recordar dónde dejé los paraguas, con esa dichosa naturaleza suya tan proclive a perderse, a desaparecer: tienen algo humano. Y más cambios en el espacio privado. Las mangas que se irán alargando. La ropa de verano que buscará cobijo en el armario, en el hueco que dejará de ocupar la de otoñoinvierno. Las capas de ropa que irán cubriendo la piel. El adiós a la luz de verano. El deseo de que la luz no se vaya del todo, que no se llene todo de nubarrones. La manta del sofá. La música sonando mientras afuera llueve en un día de invierno que también llegará y en el que solo apetecerá estar quietito bajo la manta, quizá leyéndole un cuento a la niña. Justo a finales de agosto me dijo mi dentista que un empaste se me está averiando; que tengo una filtración en él. ¿Sabe usted, doctora, si los dentistas entienden también de goteras en la cabeza, o lo mío es solo melancolía?»

Nuestro Thanksgiving

El País
El País

Treinta años más tarde, la de hoy es sin duda una jornada de acción de gracias hacia todos aquell@s que frustraron la charlotada del intento de golpe de estado del 23-F de 1981, que buscaba el fin de nuestra incipiente democracia en aquel entonces. Yo tenía doce años, pero conservo varios recuerdos nítidos de aquella tarde y de aquella noche: los nervios de mi madre cuando irrumpió en el comedor donde merendábamos mi hermano mediano y yo a las seis y pico de la tarde, la noche movida que siguió luego -en la que, misteriosamente, nos dejaron acostarnos más tarde que de costumbre-, la jornada de cole del 24-F, con los profesores comentando lo que había ocurrido y el titular de un periódico que llevaba alguno de ellos y que se convirtió en referente de la defensa de la democracia, y que desde entonces tuve claro que sería mi periódico: «El País, con la Constitución».  A todos quienes defendieron la democracia y la libertad, a los conocidos, pero a la legión de desconocidos que lo hizo posible, gracias por haber salvaguardado la Constitución. Desde entonces, con todos sus problemas, nuestro país ha recorrido treinta años de avance y progreso.

Alarma, sitio, excepción

¡Alarma!
¡Alarma!

«Doctora, mi mente es un poco anglosajona. No tiene Constitución escrita como tal y se monta unos carajales considerables. El poder legislativo, que creo que reside en mi cerebro (mi hija solía decir «celebro», que no es mala idea) se pelea a veces con el poder ejecutivo (que por pudor no le digo dónde reside) y se enzarzan a hostias entre ellos. Del judicial no sabemos nada, porque siempre lo solía tener bastante arrastrado. Y así sucede que van declarando sobre mi cuerpo, progresivamente, el estado de alarma, el de sitio o el de excepción, sin solución de continuidad y en función de la realidad circundante. Viniendo a su consulta me he sentido atacado por esa maldita realidad y me he puesto yo mismamente en alarma; luego, al verla, tumbado en este diván, se me ha relajado todo el cuerpo y mi corazón late con fuerza. Doctora, ya sabe que con usted bajo la guardia y estaría dispuesto a dejarme asediar, sitiar o lo que hiciera falta, pero no quiero confundir lo personal y lo profesional. Y todo esto, por supuesto, sin controlador, porque en la torre de control que tengo sobre la cabeza están todos y todas locos y locas y como poseídos por una feroz de huelga de celo. Recéteme algo para poner un poco de orden. Qué confusión. El PP se alarma de que el Gobierno declare el estado de alarma, ¡pues menos mal que no me conoce a mí!»