No nos merecemos esto

Res Publica
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«Si usted, doctora, o yo, que tan poco soy, sintiéramos sobre nuestros hombros unas acusaciones con unos indicios tan demoledores como los que pesan contra el presidente del Gobierno, seguro que usted y yo anunciaríamos nuestra dimisión y echaríamos a correr hasta Perpiñán. Eso lo haría cualquier mortal, salvo que tenga una jeta de hormigón armado o esté tan absolutamente emponzoñado de mentira que sea incapaz de discernir nada. Pero el bueno de Rajoy, todo entrega a España, se aferra a su silla y no dice ni esta boca es mía. Se niega a hablar sobre un subordinado que no era un cualquiera, sino el jefe de los servicios de tesorería A y B del PP y quién sabe qué más, con el empecinamiento que tienen algunos niños pequeños en admitir la verdad cuando saben que han obrado mal. Se le puede llamar de muchas formas, y tal vez la de cobardía no sea la menor, pero este, doctora, no es el presidente que se merece este país en un momento en el que lo estamos pasando tan mal. Señor Rajoy, dimita ya, y dedíquese a escribir algún tratado sobre la indignidad en la cosa pública y el daño que está originando a todos los que creemos que la política está al servicio de los demás. Señores de los sobresueldos: quienes se enriquecen y buscan enriquecerse mediante la cosa pública merecen todo el desprecio y el oprobio sociales; porque el único enriquecimiento que es lícito procurar en el desempeño de la función pública es el enriquecimiento de todos: en valores, en derechos, en libertades.»

Canguro (¿Campsguro?)

Canguro
Canguro

El origen de la palabra “canguro” es incierto. Hay una leyenda que cuenta que el explorador británico James Cook llegó a la costa australiana allá a finales del siglo XVIII y se encontró con este extraño ser brincador. Le preguntó a un lugareño por el nombre de aquel animal inédito a sus ojos occidentales. El lugareño le contestó, en su idioma salvaje, “gangurro”, y Cook escribió “kangaroo”. Sostiene esta leyenda que “gangurro” no era en realidad el nombre del animal, sino la frase aborigen “no le entiendo”, “no sé lo que me está preguntando”. Pero ahí quedó la cosa. Si Cook llegara hoy a la costa valenciana, todavía a comienzos del sigo XXI, se encontraría con un tipo llamado ¿Campsguro? que no paraba de dar saltos, embutido en cómodos trajes hechos a medida para que las costuras no dificultaran sus alocados movimientos. Entendérsele no es que se le entienda demasiado, aunque entre su progenie gurteliana se entienden bastante bien entre ellos. Fuera como fuera, este canguro levantino acaba de dar un salto hacia atrás tras su último número de ayer, y sin duda la democracia ha dado un salto hacia adelante. El circo de la Gürtel seguirá brindando alegres espectáculos.

Alcaldes y alcaldesas

Alcalde
Alcalde

He conocido a muchos alcaldes, de otros tantos partidos políticos. Regidores de grandes ciudades, de villas medianas y de pueblecitos. Me quedo con estos últimos, los alcaldes de pueblecitos que están no alejados de la gente en despachos enmoquetados, sino a pie de calle, compartiendo problemas con sus paisanos, escuchando sus quejas y recibiendo también sus halagos cuando se ha asfaltado una calle, se ha reparado un alumbrado o se ha conseguido que el pueblo tenga por fin biblioteca. La luz del despacho de estos alcaldes y estas alcaldesas no se apaga nunca. En España hay más de ocho mil alcaldes; ese es el número de cargos que ahora está en liza desde el arranque de la campaña electoral. Y los corruptos son minoría, por más que solo se ponga el foco sobre los malos y que en la lógica de los medios de comunicación solo sea noticia en grandes titulares cuando alguno mete la mano en la caja. Solo es noticia el escándalo, y no cuando consiguen que los niños del pueblo tengan piscina o que la nueva depuradora permita que se deje de verter porquerías al río. La consecuencia de esto último es que mucha gente coge la parte por el todo y piensa que, al final, son todos unos corruptos. Y eso, sencillamente, no es justo.