Un fragmento

Paul Auster
Paul Auster

Un fragmento de una novela de Paul Auster que estoy leyendo estos días, The Book of Illusions, que creo que se ajusta muy bien al padecimiento que están atravesando muchas personas en estos tiempos inciertos de crisis global: «He is still there before our eyes, but the other characters in the film are blind to his presence. He jumps up and down, he flaps his arms, he takes off his clothes on a crowded street corner, but no one notices. When he shouts in people’s faces, his voice goes unheard. He is a specter made of flesh and blood, a man who is no longer a man. He still lives in the world, and yet the world has no room for him anymore. He has been murdered, but no one has had the courtesy or the thoughtfulness to kill him. He has simply been erased.» // «Él está todavía allí, ante nuestros propios ojos, pero otros personajes en la película son ciegos ante su presencia. Salta arriba y abajo, bate sus brazos, se quita la ropa en una esquina llena de gente, pero nadie se da cuenta. Cuando grita a la cara de la gente, nadie le oye. Es un espectro hecho de carne y sangre, un hombre que jamás volverá a ser un hombre. Todavía vive en el mundo, pero el mundo no tiene sitio para él. Él ha sido asesinado, pero nadie ha tenido la cortesía o la prudencia de matarlo. Él, sencillamente, ha sido borrado.»

Crisis, κρίσις

Zeus
Zeus

En la era de los mitos, cuando todavía no había comenzado el reinado del logos, imperaba la ley del Olimpo, con dioses y diosas caprichosos que manejaban a su antojo los hilos de las vidas de las pobres criaturas que moraban más abajo. Debía de ser divertido vivir en una permanente minoría de edad (mental), expuestos a fenómenos incomprensibles para los hombres, antes de que se produjera el paso del mito al logos y el comienzo del triunfo de la razón. Eso ocurría en Grecia hace cientos de años, la misma Grecia que atraviesa momentos tan convulsos en esta segunda década del siglo XXI. Ha llovido mucho desde entonces, pero seguimos en manos de designios de seres de extraños nombres, sin el glamour, eso sí, de sus antecesores: agenciasderating, diferencialdeladeuda, bonoalemán… Nombres anodinos al lado de Zeus, Atenea o Poseidón. Y los primeros, más que dioses, son demonios, teniendo en cuenta el carajal que han originado. Hay una palabra sigue siendo igual: crisis, del griego κρίσις, que continúa azotando a los griegos y castigando también a todos los demás. En suma: fenómenos incomprensibles para el común de los mortales amargan la vida del común de los mortales.

Real realidad

Catalina de Aragón
Catalina de Aragón

Los reyes, reinas, príncipes y princesas se casaban antes por intereses: el mantenimiento de un imperio, la consolidación de una alianza militar, el reforzamiento de una dinastía. Hubo otra princesa Catalina, Catalina de Aragón, casada con el célebre Enrique VIII, reina de Inglaterra, que ilustra bien esa era de confabulaciones y conjuras de unos reinos frente a otros. Siglos más tarde, en estos tiempos globales que vivimos, las bodas reales se han convertido en un gran espectáculo que tiene audiencias incalculables, con el apoyo entusiasta de unos medios de comunicación que envuelven en toneladas de almíbar y oropel enlaces que ya no son de sangre azul, sino de jóvenes enamorados, que se siguen casando por interés: el interés en que las familias reales no se extingan, a costa de que la sangre azul se vaya decolorando y tiñendo de los tonos de la gente de la calle (de lo cual surge una pregunta: si la sangre azul ya no es un requisito para tan altas magistraturas, ¿no sería preferible que las jefaturas de los estados las puedan ejercer personas elegidas en las urnas?). Los enlaces reales enloquecen al mundo digital, con las redes sociales echando humo con los chascarrillos de la basca, aunque en realidad, la realidad real de muchas de las gentes que vieron ayer el chou por la tele o por Internet siga siendo bien distinta: el euríbor que aumenta, el paro que sube, el miedo al futuro, los efectos de la crisis que nos siguen golpeando.