Qué mal cuerpo

Campaña Ni un Pez por la Borda
Ni un Pez por la Borda

Me voy a la cama con mal cuerpo por toda la comida que desperdiciamos, según acaba de denunciar Jordi Évole en su Salvados dominical. Pocas veces se había visto un reportaje sobre este horripilante asunto, que nunca se ha llevado grandes titulares ni ha merecido sesudos reportajes de televisión. Recuerdo haber escuchado hace años un reportaje buenísimo en la BBC Radio acerca del particular, pero pocas veces en la prensa española se ha abordado el tema con la claridad que se ha hecho esta noche. Porque son indecentes y una vergüenza las prácticas de las grandes cadenas de distribución que nos imponen frutas y verduras enceradas y abrillantadas, que no tengan una pequeña incisión en la piel, porque entonces van al vertedero directamente. Pescados que se tiran al mar una vez capturados y muertos, a pesar de ser plenamente comestibles (con una plataforma que denuncia este caso). Productores sometidos a la lógica ilógica del mercado. Clementinas que se dejan pudrir en el suelo de la granja antes de acabar en boca de nadie porque tienen una pequeña tara en la piel, aunque por dentro estén jugosas y riquísimas. Etiquetas que confuden con los conceptos «fecha de caducidad» (a partir de ese momento su ingesta es peligrosa) y «consumir preferentemente antes de» (no pasa nada porque hayan pasado unos días). Con tanta gente que está pasando hambre y que desborda los bancos de alimentos… Nueve millones de toneladas de comida van al vertedero cada año en España. Con los alimentos que tiramos en Europa Occidental y Estados Unidos no se pasaría hambre en el mundo. Qué absurdo es todo. Y, aunque unos tienen más culpa que otros, todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en esta tragedia, porque todos somos consumidores… y derrochadores… y desperdiciadores... ¡Feliz Navidad!

Una lástima

Leones del Congreso
Leones del Congreso

Teniendo en cuenta los altísimos niveles de infelicidad de la sociedad española golpeada y castigada por la crisis económica, me temo que la celebración, hoy 6 de diciembre, del Día de la Constitución es para mucha gente desesperada más un motivo de lástima que de otra cosa. Una lástima, porque el derecho y el deber al trabajo y la creación de empleo es más una quimera que otra cosa. Una lástima, porque el derecho a la educación que establece la Carta Magna está siendo deturpado día sí y día también. Una lástima, porque el derecho a una vivienda es un horizonte también lejano. Una lástima, porque el derecho a la salud parece querer convertirse en privilegio solo para unos pocos con tarjeta Visa. Una lástima, porque la Constitución define España (artículo 1) como Estado social y democrático de derecho: ojo, «Estado social», con lo cual quien lo desmantela está obrando contra la propia Constitución. Defender el cumplimiento efectivo del contenido de este texto legal evitará que se herrumbre y se oxide, que no se convierta en papel mojado para las legiones de desesperad@s que pueblan España. Nos estamos alejando de sus ideales; rememos entre todos para volvernos a acercar a esa orilla.

La peluquera búlgara

Hairbrush / by Milos Vanilos
Hairbrush / by Milos Vanilos

«Estaba en una peluquería de mi barrio a la que no suelo ir, doctora, y la peluquera que me estaba cortando el pelo se me quedó mirando fijamente a los ojos mediante sus ojos reflejados en el espejo. No sé si miraba así porque era búlgara, según me confesó al rato, y yo soy ignorante en los usos y costumbres del mirar de los búlgaros/as. El caso es que mi padre tuvo hace muchos años un jefe búlgaro que huyó del entonces régimen comunista de su país y montó una empresa de artes gráficas en Málaga allá en los años 80, pero nunca caí en preguntarle a mi padre cómo es la mirada intensa a la búlgara. Perdone, doctora, regreso a la peluquería, que se me va la olla con mis elucubraciones. Vuelta al momento espejo: me preguntó la susodicha peluquera tras el intenso cruce de ojos; bueno, afirmó tajante: «Tienes cara de reportero». «Pues has acertado», repuse, «porque soy periodista; aunque ya no sé bien qué soy», añadí. A partir de ahí entramos en una animada discusión sobre si la función del ser humano moldea la cara, o al final nos dedicamos a las cosas para las que la genética nos da la cara. Hay gente con rostros de malagente: hace unos días, en el Metro, iba una pava con cara de malaje hablando por el movileto, doctora. La pava iba hablando con su interlocutor/a de cómo reducir al mínimo la indemnización que tenía que percibir una persona a la que quería despedir al amparo de esta puta crisis. Y a la pava ni se le torcía el gesto, ni nada. Parecía hasta feliz, doctora, de poder perpetrar semejante crimen. Me dieron ganas de vomitar por ella, o de denunciarla, y de contarlo en directo vía Twitter, que para eso tengo todavía algo de reportero según adivinó la peluquera búlgara.»