La risa vence al miedo

Senses / by Norma Desmond
Senses / by Norma Desmond

La alcaldesa de aquel pequeño pueblo del interior de La Mancha regentó años ha una farmacia. El mundo aquel de drogas legales e ilegales lo dejó tiempo atrás, cuando decidió dar el salto a la política, animada por la numerosa clientela que siempre vio en ella dotes para el liderazgo del común de los mortales. Así que colgó la bata blanca en una alcayata de la parte de atrás de la farmacia, se presentó a las elecciones y sin fórmulas magistrales se alzó con el bastón de mando del pueblo. El negocio se lo traspasó al mancebo y su novia, licenciada en Farmacia, que desde entonces lo han llevado. Ella apenas volvió a entrar, salvo para comprar las pastillas contra la alergia al polen cuando llega la primavera. Pero hace unas semanas, se sobresaltó. Ocurrió que recibió una llamada de su exfarmacia, informándole de la cantidad de tranquilizantes y ansiolítocos que se están despachando para calmar los nervios de la población. No dan abasto, le contaron. La alcaldesa pidió informes, se preocupó, atendió a las estadísticas y se entrevistó con las asociaciones que le hablaban de la desesperación de su pueblo. Hace unos días juntó a los vecinos en la plaza Mayor. Se asomó al balcón y por la megafonía se dirigió a sus paisanos y paisanas, a quienes conoce casi que por el nombre de pila. Los ve abatidos, asustados. «¿Quién de vosotros tiene miedo, sufre, padece, siente que la tierra se le abre cada día bajo los pies en esta maldita crisis?», les pregunta. Un mar de manos se alza ante ella. «¿Y qué podemos hacer?», agrega. No hay respuesta. De repente, en la esquina de la plaza un grupo de niños de seis o siete años se echa a reír, a carcajadas locas, como ríen los locos bajitos cuando son felices, a mandíbula batiente. Y una carcajada espontánea agita toda la plaza y devuelve, por un instante, la ilusión de que todo irá a mejor, de que la risa puede vencer al miedo.

Inmigrante aliviado

Cataluña
Cataluña

«Está claro que el señor Mas se volvió un poco loco, oiga; dicho sea sin ofender y en mi modesta opinión. Yo llevo aquí sinco años de taxista; soy de Colombia. Soy inmigrante, pero no soy tonto. Yo pensaba que Mas lo iba a conseguir en estas elecciones, con esos mítines con tantas banderas; venga banderas por todos lados. Con todos los problemas que tiene España, faltaba esto de la independencia de Cataluña para añadir uno más. Pero ahí el empresariado ya le ha dicho que de qué iba, que si estaba loco o qué; que esto del soberanismo está bien para dar pedales, pero no para que se salga la cadena de las ruedas, que se iba a dar un tortaso, y ensima fuera de Europa. Y luego está lo de los recortes sociales. Mire usted, en Cataluña conozco a algún compatriota que está harto de los recortes del Mas, que han sido a lo bestia. Posiblemente mucha gente le ha dejado de votar también por eso, por los recortes. O sea, que me alegro como taxista que soy de que no se levante una nueva frontera en Cataluña, porque mira que sería triste tener que pasar una barrera si alguna vez me salía algún viaje con el taxi. Yo soy colombiano, pero vivo aquí y tengo derecho a opinar de las cosas. Creo que Mas debería irse para su casa, pero ya sé que en este país, como en el mío, no dimite nadie. Bueno, aquí se apea usted, ¿no?; pues buenas noches, y qué alivio. Que intenten resolver la crisis y se dejen de ensoñasiones y de banderas.»

Jungla urbana

Jungla
Bienvenid@s a la jungla

«Cuando me asomo a la ventana, doctora, entreveo un panorama lleno de lianas y de una maleza sucia, muy tupida y trepadora, que va cubriendo la superficie de todas las casas que tengo enfrente de mi ventana; que va penetrando por todas las rendijas de la sociedad, convirtiéndola en una jungla enloquecida. Lo que ayer era una sociedad provista de ascensores para que los ciudadanos pudieran subir y mejorar su posición social, con independencia de la familia en la que hubieran nacido, se está perdiendo. Le hablo de esos ascensores en forma de becas para el estudio, por ejemplo, que hoy están desapareciendo por obra y gracia de nuestros gobernantes. Le cito un ejemplo, doctora: una carrera de letras cuesta casi dos mil euros al año; no todo el mundo se puede permitir ese desembolso; en una carrera más técnica, el dinero crece con creces. Desaparecen los ascensores sociales y todo se puebla de lianas… Estamos volviendo a la jungla, con los servicios sociales podados salvajemente, en un sálvese quien pueda despiadado, y el que no pueda, mala suerte. En la pesadilla que comienzo a atisbar desde mi ventana, doctora, alcanzo a ver gentes que se aprestan a subirse a los árboles de donde nunca debieron descender, que arrancan maderos y se dedican a apalizar a quienes están abajo y no pueden ascender. Veo una pauperización social que ya no es solo cosa de unos pocos: que nos empieza a afectar a la mayoría, por activa o por pasiva. Atisbo una jungla urbana que no me gusta, doctora, y que me da mucho miedo.»