El Guernica

Guernica
Guernica

Ya se ha movido bastante. Comenzó su andadura en París, con motivo de la Exposición Universal de 1937, mostrando al mundo, desde el pabellón español, el horror de los bombardeos fascistas en la Guerra Civil. De allí pasó a Nueva York, a su Museo de Arte Moderno, con algunos otros viajes de por medio. De esa gran metrópoli, capital del mundo, regresó a esta gran otra ciudad que es Madrid, a los pocos años de la Transición democrática, en 1981, cumpliéndose así el deseo de Picasso de que esta obra no volviera a España mientras estuviera bajo el yugo y las flechas franquistas. Su primer hogar fue el Casón del Buen Retiro, frente al parque homónimo; y era grato dar un paseo por el parterre que está enfrente y pasar luego a echar una ojeada al cuadro. De allí lo movieron al Reina Sofía,en 1992. Así que, en efecto, mejor que no se mueva más, porque además, por su avanzada edad, presenta un delicado estado de salud. Total, sin necesidad de más mudanzas, es un cuadro que forma parte de la memoria colectiva y que decoró muchas de nuestras habitaciones de adolescentes, como un símbolo permante del horror de la guerra. El Guernica está bien donde está.

El mono creador

La Solitude
La Solitude

Como un gorila encaramado en un sillón que mira circunspecto a su entorno (La solitude organisative) parece verse el pintor Miquel Barceló, al que el todavía flamante CaixaForum de Madrid dedica hasta el 13 de junio una exposición antológica que reúne 180 obras creadas por el artista mallorquín entre 1983 y 2009. El cosmos de Barceló eclosiona a modo de cuadros, pero también de cerámicas, de esculturas, de cuadernos de viaje. Estalla literalmente en esos cuadros con relieve que hechizan al espectador con sus formas de frutas, animales, comidas… Un complejo bestiario en el que el ser humano es una especie más -y no la más importante- entre pulpos, peces, siluetas de cuadrúpedos, la vastedad del desierto, la incógnita del sexo y la misteriosa inmensidad del mar. La mezcla del Mediterráneo y África se agita en su obra y literalmente te atrapa, como un gorila creador que se fija en su entorno, lo procesa, lo transforma y lo lanza hacia el resto de sus congéneres. Si van con niñ@s, la muestra se completa con unos talleres plásticos anexos para que los pequeños recreen lo que acaban de ver. No se la pierdan, y no mientan: acabarían como el pinocho muerto que se exhibe en una de las salas, una escultura de cráneo con una nariz enhiesta.

Muerte y romanticismo

Larra
Larra

Lo más desasosegante del recién reinaugurado Museo del Romanticismo de Madrid (antiguo Museo Romántico) es la presencia de la muerte entre los oropeles, que nos recuerda el destino trágico que corrieron muchas figuras adscritas a este movimiento de finales del XVIII y primera mitad del XIX. El museo, sito en una bella casa palacio (C/ San Mateo, 13) del siglo XVIII en el centro de esta gran, extraordinaria metrópoli, cuelga en sus muros lienzos de interés -un goya entre ellos-, exhibe refinados objetos suntuarios que recorren las artes decorativas de un par de siglos y… pistolas. Armas de fuego que fueron las que pusieron fin a la vida de más de un romántico atribulado, como ocurrió con uno de los grandes literatos del XIX, el escritor y periodista romántico Mariano José de Larra. Todo ello se muestra en este renovado museo, que esconde en su interior un recoleto jardín con un impresionante magnolio que promete ser un agradable oasis de paz en los meses calurosos, un patiejo en el que repasar alguna de las grandes crónicas de Larra, El pobrecito hablador como gustaba de motejarse, que se pegó un tiro con uno de los pistolines expuestos en este palacio. Sólo tenía 27 años.