Carta a mi sobrino

Libia
Libia

Querido Alberto. Acabas de hacer 18 años. Ya eres mayor de edad. Cómo pasa el tiempo: aún recuerdo cuando eras pequeño, como un garbanzo revoltoso. Ya eres adulto y tienes plena capacidad de obrar y para hacer cosas que antes te estaban vedadas. Puedes, por ejemplo, sacarte el carné de conducir. Y también puedes votar. Tienes en tus manos -y podrás ejercerlo en las próximas elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo- el derecho a elegir quién gobierna el espacio público. Parece una tontería, pero hay muchas personas que han dado su vida para que los jóvenes como tú puedan realizar un gesto para nosotros ahora tan familiar como introducir un voto en una urna. Fíjate en todos los jóvenes que están participando en las revoluciones árabes, movidos por un ansia de libertad y de sacudirse de encima a los amojamados sátrapas que les venían gobernando. Muchos de esos jóvenes seguro que no han podido votar nunca, o quizá lo hayan hecho en elecciones falsas, de cartón piedra. Jóvenes, por cierto, muchos de los cuales han empleado las redes sociales virtuales para armar esta revolución. Jóvenes y adolescentes árabes que hacen un uso adulto de las redes y que nos han dado una lección a muchos mayores occidentales obsesionados con hacer un uso adolescente de las redes.

Nuestro Thanksgiving

El País
El País

Treinta años más tarde, la de hoy es sin duda una jornada de acción de gracias hacia todos aquell@s que frustraron la charlotada del intento de golpe de estado del 23-F de 1981, que buscaba el fin de nuestra incipiente democracia en aquel entonces. Yo tenía doce años, pero conservo varios recuerdos nítidos de aquella tarde y de aquella noche: los nervios de mi madre cuando irrumpió en el comedor donde merendábamos mi hermano mediano y yo a las seis y pico de la tarde, la noche movida que siguió luego -en la que, misteriosamente, nos dejaron acostarnos más tarde que de costumbre-, la jornada de cole del 24-F, con los profesores comentando lo que había ocurrido y el titular de un periódico que llevaba alguno de ellos y que se convirtió en referente de la defensa de la democracia, y que desde entonces tuve claro que sería mi periódico: «El País, con la Constitución».  A todos quienes defendieron la democracia y la libertad, a los conocidos, pero a la legión de desconocidos que lo hizo posible, gracias por haber salvaguardado la Constitución. Desde entonces, con todos sus problemas, nuestro país ha recorrido treinta años de avance y progreso.

Cementerio para elefantes tiranos, ya

Elefante
Elefante

Cuando los elefantes tiranos están en el poder, acostumbran a dar muchas, muchas patadas por debajo de la mesa. Por encima de la mesa suelen sonreír con sus cerúleos rostros de esfinge, sobre todo en encuentros oficiales con otros mandatarios occidentales que nunca les han hecho demasiados ascos y cuando estrechan con sus manos de manicura las manos de los gerentes de los bancos en los que depositan el dinero que han trincado durante largos años de rapiña. Pero por debajo de la mesa no paran de patalear, y no precisamente de forma inocente y traviesa. Cada vez que patalean, apachurran bajo sus pezuñas las ansias de libertad y democracia de muchos de sus compatriotas. Ha ocurrido durante mucho tiempo con el elefante que vivía en El Cairo. Ocurre a veces, aunque no en todas las necesarias, que los paisanos del elefante se hartan de él, y patalean más y más fuerte hasta que consiguen echarlo. Ha pasado en Egipto. Antes en Túnez. Y quizá siga ocurriendo con otros elefantes de otros tantos países árabes. El sonido de las pisadas del elefante, que era tan estruendoso y que daba tanto miedo, se ha ido alejando, desvaneciéndose poco a poco, hasta desaparecer. Las pisadas del elefante serán una posible fuente de pesadillas nocturnas para los niños y niñas de este país, de pesadillas que sus padres tuvieron que padecer en vida. Como esta ola de revuelta árabe siga, van a tener que ir pensando las naciones del mundo en dedicar un gran terreno en algún desierto ignoto para que todos estos elefantes tiranos se pierdan en él, no sin antes rendir cuentas ante la justicia.