Alarma, sitio, excepción

¡Alarma!
¡Alarma!

«Doctora, mi mente es un poco anglosajona. No tiene Constitución escrita como tal y se monta unos carajales considerables. El poder legislativo, que creo que reside en mi cerebro (mi hija solía decir «celebro», que no es mala idea) se pelea a veces con el poder ejecutivo (que por pudor no le digo dónde reside) y se enzarzan a hostias entre ellos. Del judicial no sabemos nada, porque siempre lo solía tener bastante arrastrado. Y así sucede que van declarando sobre mi cuerpo, progresivamente, el estado de alarma, el de sitio o el de excepción, sin solución de continuidad y en función de la realidad circundante. Viniendo a su consulta me he sentido atacado por esa maldita realidad y me he puesto yo mismamente en alarma; luego, al verla, tumbado en este diván, se me ha relajado todo el cuerpo y mi corazón late con fuerza. Doctora, ya sabe que con usted bajo la guardia y estaría dispuesto a dejarme asediar, sitiar o lo que hiciera falta, pero no quiero confundir lo personal y lo profesional. Y todo esto, por supuesto, sin controlador, porque en la torre de control que tengo sobre la cabeza están todos y todas locos y locas y como poseídos por una feroz de huelga de celo. Recéteme algo para poner un poco de orden. Qué confusión. El PP se alarma de que el Gobierno declare el estado de alarma, ¡pues menos mal que no me conoce a mí!»

Confesiones de un ex patriota

¡Ñam, ñam!
¡Ñam, ñam!

«Antes, doctora, tenía un mástil muy alto en el jardín, con una cosa colgando de él. La cosa aquella tenía varios colores y era la admiración del vecindario, pero en sí misma era una lata: con las lluvias de otoño, como las de estos días, no paraba de perder color; la tinta que chorreaba caía sobre los rodondendros y me los ponía perdiditos. Y luego era un coñazo lavarla: cuando la recogía me costaba un huevo doblarla y meterla en la lavadora. ¡No me cabía, doctora! Tuve que comprar una máquina de lavar más grande, con la ilógica inversión en bienes muebles y el consiguiente descuadre de caja. ¿Y lo del viento, qué me dice del viento, doctora? Dios, no dejaba de deshilachar el trapo aquel, y yo venga a remendarlo. Menos mal que me eché una novia de la costa de Lugo que sabía tejer redes y, oiga, aquel romance me permitió que la cosa aquella luciera de lo más apañada, al menos durante el tiempo que duró el lío (que tampoco fue mucho; no hay dios que me soporte, usted ya lo sabe). ¿Y lo de plancharla? Qué pesadez. Las pasaba canutas para dejarla sin arrugas. Era un verdadero tostón la bandera aquella, sí, así que un día dejé de izarla en el mástil. Pero, ya le digo, eso fue antes, cuando tuve aquella fiebre patriótica. Un día se me pasó la vena, de golpe, y no la colgué más. No sé bien qué destino le di al trapo; creo recordar que hice unos manteles para los sobrinos. Ahora uso el mástil para orear jamones y lomos ibéricos, que, ¿sabe usted, doctora?, son patrimonio común de todos los habitantes de esta piel de toro, sin banderas por medio, que son un engorro más que otra cosa. Oiga, ¡el jamón ha salvado más vidas que la penicilina! Llegué a escribirle al presidente para proponerle que se convirtiera una gran loncha de chacina en verdadera enseña nacional, pero, escuche, no me hicieron ni puto caso. Doctora, ¿tiene usted mano con el Gobierno?»

Instantáneo

Café soluble
Café soluble

«Mis miedos y temores se diluyen de manera instantánea cuando estoy en este diván suyo, doctora, pero no del todo; siempre me queda un poso, como el café. Me despierto por la mañana y me abandono entera a un rápido instante de placer instantáneo, que desaparece de forma instantánea en cuanto pongo la radio con las noticias de los boletines, el primer bofetón automático de realidad. Con el agua de la ducha cayendo instantánea sobre mi cabeza repaso todas las cosas que debo hacer durante el día y no haré, pienso en todas las cosas que hice en mi vida hasta ahora y las que me quedan por hacer (¿las haré?). Cuando tengo algo de tiempo agarro la guitarra y grabo mis ocurrencias instantáneamente en un magnetofón casero, antes de salir a la calle. Tomo un café soluble con unos sobaos pasiegos y bajo las escaleras, para ser disuelta como un azucarillo en la multitud que viaja en el metro, instantáneamente, de un punto a otro de la ciudad. Antes de venir a la consulta estuve en el restaurante asiático de la esquina, recién reformado, al que antes iba mucho, y salí con una sensación agridulce porque la reforma no me acaba de convencer. Es la misma sensación, doctora, que tengo cuando estoy en este diván: lo echo de menos cuando no vengo a consulta, y lo echo de más cuando estoy aquí, porque aunque usted me alivia, no me acabo de curar del todo; todo en apenas un instante.»