Imágenes mezcladas

Cámara
Cámara

«Doctora, encontré en el banco de un centro deportivo una cámara de fotos olvidada, metida en su funda. Nunca quise quedarme con ella, pero antes de devolverla no pude resistirme a echar un vistazo a las fotos acumuladas en su interior. La curiosidad y el deseo de echarle un ojo a la vida de al de al lado es un deseo invencible, y por eso triunfan estas cosas de las redes sociales. Podría decir que las fotos de la cámara aquella estaban divididas en dos mundos: aparecían por un lado rostros y gentes de otros lugares; inmigrantes trabajando en España, sin duda. En otro estaban retratadas gentes pudientes de un hogar acomodado con aspecto de estar enclavado en una zona pija de la ciudad, a quienes los primeros parecían servir. Había incluso un tercer grupo de fotos en las que ambas realidades estaban mezcladas: imágenes de momentos compartidos, de niños españoles de clase bien con sus cuidadores extranjeros. Quizá eran fotos que los dueños de la cámara habían hecho para enviar a parientes del otro lado del océano, para enseñarles dónde viven, a qué se dedican, a quién sirven. Cuando salí del complejo deportivo, deposité la cámara en el control de acceso, con la confianza de que los dueños de las realidades retratadas en la memoria de las fotos se reencuentren con el aparato que las inmortalizó. Mientras estuve cotilleando las fotos, una cámara de seguridad del recinto me grabó, y fui observado por el guardia de seguridad al que luego entregué la cámara encontrada. Y escribí esto que quizá nunca vayan a leer los pijos retratados en las fotos, o sus sirvientes, y que ahora le estoy contando, doctora.»

Buenos días, John

Avería
Avería

«Todas las noches antes de acostarme, doctora, tengo un largo recuerdo hacia el abuelo alemán o sueco o danés al que van a parar los interminables intereses que abono y abonaré por este modesto micropiso do moro. Qué estará haciendo el jodío. ¿Verá la televisión, se recreará en el cielo estrellado sobre la bahía de Göteborg? ¿Dónde queda Göteborg? Me ha dado por pensar que el abuelo al que le completo la pensión de manera tan generosa es un viejo futbolista al que, por sentirle más cerca, vengo en llamar John Eljkaer Larsen; un veterano deportista retirado que arrastró sus botas y su cuerpo por ligas nórdicas de segunda división, y que ahora completa su ya de por sí generosa pensión con los emolumentos que recibe por sus inversiones en deuda de los países pobres del sur de Europa. De aquellos polvos en forma de generoso maná crediticio que se derramó sobre España vienen estos lodos. Y no es que me consuele éticamente ponerle cara a mi acreedor, pero estéticamente me gusta saber que el que engorda a la postre con mi trabajo no es un anónimo capitalista orondo, calvo, con bigote y gran puro, sino mi Eljkaer Larsen, tan poquita cosa. No sé si alguna vez le veré; supongo que cuando yo tenga setenta años, como él, seguiré pagando esta hipoteca… mientras los herederos de Larsen se habrán comprado con la herencia y el esfuerzo de mi trabajo una casita en Menorca, en donde espero poder pasar alguna semana de vacaciones antes de los próximos treinta años, con permiso del señor Euribor. Doctora, ¡viva el mal, viva el capital!» 

Somatizando

Pop Party
Pop Party

«Doctora, tiendo a somatizar los males, a transformar problemas psíquicos en síntomas orgánicos de manera involuntaria. Hace muchos años regenté durante un tiempo una panadería y me venía muy bien el negocio aquel para evitarme males mayores, porque, cuando tenía grandes comecomes, me ponía a hacer unos panes, mezclaba harina, agua, levadura y mis penas, encendía el horno… y las preocupaciones volaban lejos en forma de olorosas y apetitosas volutas de humo panificado, para reposo de mis carnes. Lo que ocurría, doctora, es que la clientela acababa un poco desnortada cuando comía mi pan y el negocio quebró. Desde entonces tengo que volver a engullir yo mismo las desazones y los males, sin horno que me alivie. Así que tiendo a somatizar en mi cuerpo. Le pongo un ejemplo, doctora: creo que siempre meto la pata últimamente porque estoy predestinado a ello, y me he levantado con sendas torceduras reales en los pies, primero en uno y luego en otro. Ahora ando inquieto porque he amanecido por todo el cuerpo, pero por todo el cuerpo, con unas grandísimas magulladoras de color azul. Esto último no sé si será algo permanente, o pasajero, aunque no tiene pinta de que ese color vaya a desaparecer en un tiempo. Aunque para mi consuelo me repito que siempre después de una marea azul acabará llegando otra roja y mi piel recobrará su tono habitual, seguro que sí, doctora.»