… ¿y el Ibertren?

Rey Baltasar
Rey Baltasar

«Querida doctora. Le escribo en este bloc, porque al ser festivo (Epifanía para más inri) no podré desplazarme a su clínica, pero seguro que acabará leyéndome. Me he levantado esta mañana tras una agitada noche de nervios y tensión motivada por la visita de los Reyes Magos, a quienes vi ayer en la cabalgata de Madrid. Sé que enfrente de mí, en este preciso y precioso instante, en el salón de mi casa, hay diversos paquetes envueltos con regalos. Pero tengo alguna certeza: hay varias cajas, pero por la pinta ninguna es para mí, sino para algún niñ@ que mora en esta casa; así que los Reyes no me han traído el Ibertren que les vengo pidiendo desde que era pequeño. Lo han vuelto a hacer. Vale, ahora soy mayor y si quiero un tren me puedo comprar un billete para el AVE o irme a verlos al Museo del Ferrocarril, pero, ¿me traerán alguna vez el Ibertren? Bueno, me consolaré pensando en lo que me dirá usted la próxima vez que pase consulta: que la ilusión es el motor que hace avanzar nuestras vidas, y que perderla es lo que nos hace pararnos. Le dejo, que voy a hincarle el diente al roscón (espero, al menos, que no me toque también pagarlo).»

Formas caprichosas

La Bruja de Oro
La Bruja de Oro

«Querida doctora, cuando cierro los ojos veo formas caprichosas dentro de mis pupilas que se anticipan al futuro. Son como burbujitas evanescentes; algunas se van hinchando como nubecillas preñadas de agua que ¡pumba! revientan de golpe y me dejan empapado de la piel pa dentro. A veces esos pequeños cuerpos se me asemejan a gentes que he conocido. Otras más bien parecen letras, de distintos alfabetos (conozco el latino, pero entreveo incluso letras del cirílico y algunos caracteres chinos). Últimamente veo números, muchos números; sí, barrunto que tienen que ver con el Sorteo de Navidad de mañana miércoles. Los he apuntado y he podido comprar en La Bruixa d’Or unos décimos con esos guarismos. ¡Este año seguro que nos toca (se lo digo por el décimo que le regalé)! Doctora, si ve que no vuelvo la próxima semana a la consulta, posiblemente es que ya seré millonario; ya le mandaré una postal desde Miami. Leí que todo esto de las manchitas de mis ojos tiene una explicación científica, creo recordar que relacionada con los glóbulos de la sangre o dios sabe qué, pero a mí me gusta pensar que estas formas revelan que tengo mucha vida interior. Más que exterior, sin duda. ¡Suerte!»

Alarma, sitio, excepción

¡Alarma!
¡Alarma!

«Doctora, mi mente es un poco anglosajona. No tiene Constitución escrita como tal y se monta unos carajales considerables. El poder legislativo, que creo que reside en mi cerebro (mi hija solía decir «celebro», que no es mala idea) se pelea a veces con el poder ejecutivo (que por pudor no le digo dónde reside) y se enzarzan a hostias entre ellos. Del judicial no sabemos nada, porque siempre lo solía tener bastante arrastrado. Y así sucede que van declarando sobre mi cuerpo, progresivamente, el estado de alarma, el de sitio o el de excepción, sin solución de continuidad y en función de la realidad circundante. Viniendo a su consulta me he sentido atacado por esa maldita realidad y me he puesto yo mismamente en alarma; luego, al verla, tumbado en este diván, se me ha relajado todo el cuerpo y mi corazón late con fuerza. Doctora, ya sabe que con usted bajo la guardia y estaría dispuesto a dejarme asediar, sitiar o lo que hiciera falta, pero no quiero confundir lo personal y lo profesional. Y todo esto, por supuesto, sin controlador, porque en la torre de control que tengo sobre la cabeza están todos y todas locos y locas y como poseídos por una feroz de huelga de celo. Recéteme algo para poner un poco de orden. Qué confusión. El PP se alarma de que el Gobierno declare el estado de alarma, ¡pues menos mal que no me conoce a mí!»