Los sabáticos selváticos

¡Oh, sorpresa!
¡Oh, sorpresa!

«¿Y si emprender un año sabático, doctora, fuera un peaje obligatorio a estas alturas de la vida? Los guiris anglosajonaicos se toman esta práctica con 18 años, pero lo que mola es hacerlo ahora, en el ecuador del camino. Venga, descompresión. Fuera agobios. A reírse y a descansar. La crisis, para los crisáceos y los crisantemos. Nosotros a disfrutar, a fundirnos los pocos ahorros antes de que se los coma el BCE y a viajar quién sabe dónde. Una baja voluntaria en el trabajo, un avión y a volar. Pirémonos a algún sitio o selva donde ni siquiera entiendan nuestro idioma, el idioma de los urbanitas tontos. No, no hace falta ir al extranjero, igual podemos encontrar el paraíso aquí mismo. Venga, si nada merece la pena, pirémonos. A la vuelta, si hay retorno, ya pensaremos qué demonios hacemos con nuestras vidas, si es que hay vidas. Doctora, rompa su rutina y deje de atender pacientes tarados: escápase conmigo, pongámonos ambos en barbecho sabático, a descansar la tierra de nuestros cuerpos en alguna selva, a ver qué germina y qué florece en el futuro.»

Peligro: zona de babas

Pelota
Pelota

«Doctora, esta puede ser una división presente en todas las relaciones humanas. Yo maldigo tanto a los pelotas como a quienes les gusta ser peloteados. Esos seres que solo sueltan babas asquerosas ante sus superiores, confeccionando feos vestidos de saliva. Sí, amo. Sí, bwana. Qué personajes. Y esos peloteados, sus superiores, que en su infinita vanidad se creen los más listos, los más inteligentes y los más mejores del mundo mundial. Unos y otros se necesitan en una relación patológica de naturaleza psicosomática, que diría usted: los primeros para hacer sus vestidos de baba; los segundos para vestirse con ellos. Tienen relaciones de interdependencia y no pueden vivir los unos sin los otros, y viceversa. No se dan cuenta de que esos vestidos son bastante pobres y asquerosos, que se desbaratan con un simple golpe de viento, y que, al final, los peloteados están absolutamente desnudos aunque no quieran ser conscientes de ello. Y que los pelotas se vuelven naturalezas muertas sin sus babas.»

¡Hombre al agua!

Salvavidas
Salvavidas

«Doctora, usted a quien yo veo tan perfecta porque aguanta con estoicismo mis peroratas, ¿también tendrá su parte chunga, no? Dígame una cosa, doctora: ¿cómo soporta todas las charletas y confesiones que le pegamos sus pacientes? No sé si medicará también usted o algo, porque sin duda que el suyo es un trabajo muy meritorio. Tras esta loa inicial a su persona, le expongo el comecome que hoy me trae a la consulta: somos seres presos, con más frecuencia de lo que pensamos, de un complejo cóctel de vicios y virtudes que nos chutan los genes heredados de nuestros ancestros, una carga genética que actúa como una tirana que nos impide dar un paso y de cuya férula hay que liberarse. Todos en nuestra infinita vanidad tendemos a pensar que somos seres perfectos y libres como un rayito de sol, pero no: ¡ay de nuestra parte chunga! Y a este complejo cóctel -que hay que controlar en la cabecita de cada cual para que no se vuelva molotov- se agregan todos los prejuicios, miedos y malajes varios que nos vienen por nuestra herencia sociocultural. Total, que todo se entremezcla, agita y convulsiona y a veces uno se siente como un hombre al agua en medio de las aguas procelosas de la confusión. ¡Doctora, écheme un cable o deme una espada para acabar con la herencia genética y con los usos y costumbres antes de que me vaya pal fondo!»