Legión desesperada

Sin empleo
Sin empleo

«Me cruzo por la calle, doctora, con gentes en mi misma situación. Entre nosotros nos reconocemos a simple vista. Gentes que salimos de casa por la mañana fingiendo que tenemos que cumplir una rutina, a la misma hora, sin el destino que solíamos tener hasta hace pocas semanas en muchos casos. Miradas furtivas entre los estantes del supermercado si ves a algún conocido. Gestos huidizos cuando coincides con un vecino, a una hora laboral, en el parque, leyendo y releyendo las páginas de empleo. Las mentiras que les sueltas a los hijos si te preguntan cómo fue hoy el trabajo, papi. El trabajo que perdí sin saber por qué, el trabajo del que me dieron la patada sin apenas explicaciones, por culpa de una maldita crisis que habla en el inglés global y que yo no entiendo por más que me lo expliquen. Lo único que entiendo, doctora, es que me quedé sin trabajo; que formo parte de una legión desesperada, y que quiero que usted me ayude para ver cómo le puedo explicar esto a mis hijos sin trasladarles mi angustia.»

La afonía

Silencio
Silencio

En este país en el que tanto se estila pegar voces y no escuchar al contrario, en el que cualquier argumento es válido siempre y cuando tenga forma de garrotazo sobre la cabeza del contrincante, ya sea este el cuñao o la vecina de planta, ¿se imaginan una epidemia de afonía que silenciara las cuerdas vocales? ¿Qué iba a ser de las reuniones de vecinos, de las sobremesas de los domingos, de las tertulias radiofónicas..? ¡Oh, pobres, las tertulias radiofónicas, plagadas de seres que lo mismo pontifican sobre la tragedia termonuclear de Japón que sobre la cría del cerdo celta en las montañas de Os Ancares! La verdad es que todo españolit@ lleva un contertulio dentro, ansioso de saciar su hambre de micro. ¿Y si se hiciera de repente el silencio en España? Sería algo así como sustituir de golpe las vidrieras de vivos colores de algunas catedrales por esas láminas de alabastro que se aplican en los ventanales de los templos de algunas partes de España: se pierde en, digamos, impacto visual, pero se gana en los matices de una luz tamizada, que deja entrever todos los tonos que van del gris al negro.

80 años de aquel 14 de abril

Bandera republicana
Bandera II R

Cuando estudiaba Periodismo, hace ya veinte años («ahora que de casi todo hace ya veinte años», que escribiría el poeta), cada 14 de abril se hacía en la Facultad una fiestecilla, la «sangría republicana». Festejábamos con alegría, a golpe de tintorro barato mezclado con Fanta de limón, la fugaz etapa republicana, a la que puso fin un golpe de Estado fascista y una posterior Guerra Civil que dio paso a una maldita dictadura de cuarenta años. La democracia es deudora de aquella etapa, la etapa de un Gobierno reformista que topó con los dos grandes poderes fácticos de la historia de España, el Ejército y la Iglesia. Es tiempo de recordar sus logros, su historia, sus aciertos y errores, y su triste fin… Y de tener en cuenta que, aunque parezca complicado, quizá en el futuro podamos ver una III República en España, quien sabe si antes de que pasen otros ochenta años, los que hoy se cumplen desde la proclamación de la II.