La responsabilidad moral

Penal de Ocaña
Cartel de Penal de Ocaña, de la compañía Nao d’amores, representada en Kubik Fabrik

El viernes anduve hablando con una querida compañera de trabajo, mientras comíamos, de recuerdos de la Guerra Civil que nos afectó no a nosotros, sino a nuestras familias, de manera más o menos directa. La maldita guerra que golpeó luego a nuestros padres en forma de una cruenta dictadura de cuarenta años de plomo, con un franquismo residual que sigue estando, de alguna manera, impregnado en el ADN de nuestro país a pesar de estos más de treinta años de democracia. Porque, fíjense, aún no hemos pasado en democracia tanto tiempo como tuvimos que transcurrir bajo la bota de Franco en la piel de toro. MI amiga y yo nos preguntamos qué habría podido ser de España si no hubiera caído bajo la bota del fascismo y se hubiera unido al club de las democracias avanzadas de Occidente. En fin, hablar por hablar. De la guerra y sus desastres habla una obra que han estado representando este mes de noviembre en mi querida sala Kubik Fabrik, Penal de Ocaña, de la compañía segoviana Nao d’amores, que yo tuve oportunidad de ver también el viernes. Es una pieza teatral de las que te atrapan el corazón, basada en el soberbio monólogo de la protagonista, que cuenta todos sus recuerdos de aquellos años, hasta su desaparición. El espectáculo es en realidad una adaptación de una novela de María Josefa Canellada (Infiesto, Asturias, 1912 – Madrid, 1995), finalista al premio Café Gijón en 1954, y está basado en el propio diario que la autora, estudiante de Letras en el Madrid de 1936, escribió en aquel entonces. Ella desaparece, pero el dolor y la congoja causados por aquel conflicto, el horror originado por el yugo del fascio, siguen latentes en el subconsciente de este país. Y, sobre todo, lo que pervive en quien pueda ver esta recomendable obra es una llamada a la propia responsabilidad moral de cada cual para evitar barbaridades tan grandes.

Veraneos del 127

Un Seat 127 naranja
Un Seat 127 naranja

Recordaba en una conversación de ayer los veranos en los que las familias trabajadoras de Madrid descubríamos la playa tras largos viajes por las carreteras de los años 70, embutidos en los coches de la época (en mi caso, en el Seat 127 de mi padre), con yo y mis hermanos amontonados en el asiento de atrás y sin cinturón de seguridad. Aquellos años felices plasmados en fotos que han virado a sepia y en las que por desgracia ya hay ausencias, aquellos tiempos despreocupados de la infancia, cuando todo parecía al alcance de la mano. Un poco de agua, de sal, de sol y de arena de mar durante los quince días del apartamento en Fuengirola daban para calentar el cuerpo todo el año, con mi madre embadurnándonos el cuerpo de cremas para que no nos quemáramos con el rey sol; lo que yo hago ahora con mi hija. Me acuerdo ahora de nuevo con nostalgia de aquellos tiempos, justo esta mañana cuando acabo de dedicarme a uno de los mejores momentos del día: el riego de las plantas en esta casa tan linda, cuando intento repartir agua y cariño entre las macetas, viendo cómo se empapa la tierra que luego impulsará la vida a seguir medrando. Si solo necesitamos un poco de sal, sol y agua para vivir, bienes que son gratis y abundantes, ¿por qué la vida se muestra tantas veces tan avara con tanta gente?

No nos merecemos esto

Res Publica
Res Publica

«Si usted, doctora, o yo, que tan poco soy, sintiéramos sobre nuestros hombros unas acusaciones con unos indicios tan demoledores como los que pesan contra el presidente del Gobierno, seguro que usted y yo anunciaríamos nuestra dimisión y echaríamos a correr hasta Perpiñán. Eso lo haría cualquier mortal, salvo que tenga una jeta de hormigón armado o esté tan absolutamente emponzoñado de mentira que sea incapaz de discernir nada. Pero el bueno de Rajoy, todo entrega a España, se aferra a su silla y no dice ni esta boca es mía. Se niega a hablar sobre un subordinado que no era un cualquiera, sino el jefe de los servicios de tesorería A y B del PP y quién sabe qué más, con el empecinamiento que tienen algunos niños pequeños en admitir la verdad cuando saben que han obrado mal. Se le puede llamar de muchas formas, y tal vez la de cobardía no sea la menor, pero este, doctora, no es el presidente que se merece este país en un momento en el que lo estamos pasando tan mal. Señor Rajoy, dimita ya, y dedíquese a escribir algún tratado sobre la indignidad en la cosa pública y el daño que está originando a todos los que creemos que la política está al servicio de los demás. Señores de los sobresueldos: quienes se enriquecen y buscan enriquecerse mediante la cosa pública merecen todo el desprecio y el oprobio sociales; porque el único enriquecimiento que es lícito procurar en el desempeño de la función pública es el enriquecimiento de todos: en valores, en derechos, en libertades.»