Castigados sin membrillo

Membrillos (bodegón de Mercedes Gallardo)
Membrillos (foto: Mercedes Gallardo)

Voy a retomar la escritura de este blog, porque sobran motivos para escribir, y porque hay gente que lo echa de menos. Me recordaba una amiga ayer, a través de un precioso bodegón que colgó en Facebook, que estamos en tiempo de membrillo, y yo, que aunque sea un ser de ciudad cuento el paso de las estaciones según las frutas van cambiando en los estantes, me he animado a que esta bitácora no decaiga (muchas gracias, Mercedes). Es tiempo de membrillo: creo que esta misma tarde compraré un kilo en el mercado, para hacer una buena fuente, al modo como lo hacía mi madre. Membrillo que me endulce en estos tiempos amargos, más amargos si cabe por quienes desencadenan fenómenos huracanados más destructivos que el ciclón Sandy, y que no pisan la realidad y solo la contemplan agazapados desde las frías estadísticas. Me refiero a algunos de los desalmados que nos gobiernan, a quienes parecen darles lo mismo las consecuencias de sus decisiones y de sus no decisiones: el incremento de parados, de desposeídos, de ciudadanos desahuciados, arrojados a los márgenes de la sociedad. Sí, estos seres gobernantes no se merecen membrillo, porque son unos desalmados, insisto, porque no tienen alma: que le pregunten a la célebre Mariló Montero qué fue de ella, en qué extraño trasplante perdieron el alma y la empatía, si es que alguna vez las tuvieron. El membrillo, para quien se lo merezca.

Chismorreo universal

Red
Red

«Verá, doctora, pero es que tengo mucha preocupación por el futuro de un ente llamado opinión pública. La opinión pública la conformaban antes los medios de comunicación que se regían por unas mínimas reglas (con desigual respeto, todo hay que decirlo). Este negociado ha dado un vuelco desde anteayer con la invención de las redes sociales. Ahora cualquier persona emite, genera y produce un mensaje, y cualquier cosa se puede divulgar como la yesca y prender como una llama en un prado reseco de agosto. Yo hice una prueba el otro día: difundí un bulo en una de las redes más populares, y al instante el bulo comenzó a crecer como una bola de nieve. Una conversación de bar, una ocurrencia, puede entronizarse ahora como trending topic y dominar el escenario.El riesgo es que, con esta facilidad, la conversación global se puede convertir, ¡ay!, en pasto de gentes hábiles y/o manipuladoras que manejen a otras gentes, ¡ay!, manipulables. Creo en las nuevas tecnologías, pero me preocupa que, en este campo que nos ocupa, una opinión pública seria, fundamentada y rigurosa se pueda ver sustituida por el chismorreo universal sin contrastes ni matices.»

Atención a la señal

Isaac Newton
Isaac Newton

Pequeños accidentes y observaciones en apariencia triviales devienen en grandes acontecimientos para la historia del ser humano. Ocurrió con la manzana aquella que Isaac Newton vio desplomarse desde su árbol: del análisis de lo sucedido surgió nada menos que el descubrimiento de la Ley de la Gravedad. Hay acontecimientos científicos muy celebrados que también tuvieron un origen similar. La creación humana no conoce límites. De unas nota musicales dispersas en la cabeza de algún creador puede surgir una sinfonía, o una canción pop (o algo más terrorífico: una marcha militar). De cuatro letras unidas al azar puede surgir un soneto. Y, salvando el tiempo y el espacio, en el campo de la informática que hoy tanto envuelve y enreda nuestras vidas, tres cuartos de lo mismo. Estos días se cumple el 25 aniversario del revolucionario dominio de Internet .com (en inglés, el famoso dotcom) que transformó la red (con un dato interesante: de los seis dominios dotcom que se registraron en 1985 hemos pasado a los cerca de 100.000 que se registran al día un cuarto de siglo más tarde).  El creador de Facebook, Mark Zuckerberg, ideó este portal social prácticamente por accidente, al menos según cuentan sus biógrafos, al echar un vistazo al directorio con las fotos de sus compañeros de Universidad. ¿Qué tienen que ver unas cosas con las otras? Nada, pero, ya sabe, por si acaso permanezca atento a las señales y a las ocurrencias que pasen por su mente: si se atreve a desarrollarlas, puede convertirse usted en un genio.