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La farmacia

Josep Borrell

Josep Borrell

Visto ayer en la farmacia de mi barrio de la que soy cliente:

  • Pensionista: Hola, quería este par de medicamentos (entrega su tarjeta magnética de Sanidad)
  • Farmacéutica, tras consultar en el ordenador y buscar en los estantes: Pues aquí los tiene
  • Pensionista, tras reparar un minuto en las cajas: Ah, bonita, este no me lo des. Es que es de un laboratorio catalán (era una marca blanca de Omeprazol)

¿Cuántas situaciones similares se estarán produciendo en todos los comercios de España estos días a cuenta de la tensión independentista? ¿Tiene justificación? Yo creo que no hay que llegar a estos extremos y comparto las reflexiones que hizo el ex ministro Borrell en su vibrante discurso del pasado domingo en Barcelona, en el que denunció también el silencio de muchos empresarios catalanes ante el riesgo de lo que se avecinaba y les acusaba de no haber dicho algo a tiempo. Pero el problema es que, cuando se piensa con las tripas y se abre la caja de los truenos –y los primeros que han pensado con las tripas han sido los partidarios acérrimos de esa entelequia llamada independencia– se desencadenan estas reacciones. ¿Quiénes van a ser los paganos? Pues, mayormente, los trabajadores y trabajadoras de Cataluña, la gente corriente, la gente del común que siempre es la que paga las crisis. Y esto deberían haberlo tenido en cuenta, también, los independentistas: los paganos de las entelequias que han urdido algunos van a ser los trabajadores. Lo he escrito en alguna ocasión: cuando los castillos que se hacen en el aire se derrumban, los cascotes caen sobre las cabezas de los de siempre.

PD.- La tensión de la farmacia se relajó. La farmacéutica revisó la caja y le dijo a la señora que el laboratorio era de Tres Cantos.

 
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Publicado por en 10 octubre 2017 en Actualidad

 

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Que no te venzan: vitaminas para el alma

Farmacia

Farmacia

«Querida doctora, mucho tiempo llevaba sin requerir sus servicios. Le digo una cosa antes de que comience usted a hablarme: al igual que en alguna parte del mundo, la parte chunga sin duda, se acumulan los miles de millones tangados por fulanos de todos conocidos, en alguna parte también tienen que irse atesorando todas las cosas buenas del mundo, que también las hay. Las risas, los besos, los abrazos, las caricias… La infinidad de pequeños detalles que hacen que la vida merezca la pena a pesar de los pesares y de la tristeza de estos tiempos inciertos. Los millones trincados por fulanos sin escrúpulos se almacenan en fríos depósitos de metal, despiadados y crueles, venenosos y malignos como el mercurio, la ponzoña de las gentes miserables que nos han llevado a esta puta crisis. Pero las risas y todo lo demás de la buena gente, los tesoros mucho más valiosos que los millones que estamos dejando de darnos y de echarnos, pueden estar esperándonos a la vuelta de cualquier esquina, y hay que conjurarse para que vuelvan a adueñarse de todo, a enseñorearse de las sombras y a espantar las tinieblas. Suelo ir a una farmacia a buscar medicinas para el alma, doctora, pero la mejor vitamina que recibo cuando frecuento ese establecimiento la obtengo de un mensaje que la buena gente que la regenta tienen en un cartelito colgado en la pared: procura ser feliz. Al final es solo eso, ¿verdad, doctora? La química curativa está en nosotros, en los afectos que damos y que recibimos; lo demás son miserias.»

 
 

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La risa vence al miedo

Senses / by Norma Desmond

Senses / by Norma Desmond

La alcaldesa de aquel pequeño pueblo del interior de La Mancha regentó años ha una farmacia. El mundo aquel de drogas legales e ilegales lo dejó tiempo atrás, cuando decidió dar el salto a la política, animada por la numerosa clientela que siempre vio en ella dotes para el liderazgo del común de los mortales. Así que colgó la bata blanca en una alcayata de la parte de atrás de la farmacia, se presentó a las elecciones y sin fórmulas magistrales se alzó con el bastón de mando del pueblo. El negocio se lo traspasó al mancebo y su novia, licenciada en Farmacia, que desde entonces lo han llevado. Ella apenas volvió a entrar, salvo para comprar las pastillas contra la alergia al polen cuando llega la primavera. Pero hace unas semanas, se sobresaltó. Ocurrió que recibió una llamada de su exfarmacia, informándole de la cantidad de tranquilizantes y ansiolítocos que se están despachando para calmar los nervios de la población. No dan abasto, le contaron. La alcaldesa pidió informes, se preocupó, atendió a las estadísticas y se entrevistó con las asociaciones que le hablaban de la desesperación de su pueblo. Hace unos días juntó a los vecinos en la plaza Mayor. Se asomó al balcón y por la megafonía se dirigió a sus paisanos y paisanas, a quienes conoce casi que por el nombre de pila. Los ve abatidos, asustados. “¿Quién de vosotros tiene miedo, sufre, padece, siente que la tierra se le abre cada día bajo los pies en esta maldita crisis?”, les pregunta. Un mar de manos se alza ante ella. “¿Y qué podemos hacer?”, agrega. No hay respuesta. De repente, en la esquina de la plaza un grupo de niños de seis o siete años se echa a reír, a carcajadas locas, como ríen los locos bajitos cuando son felices, a mandíbula batiente. Y una carcajada espontánea agita toda la plaza y devuelve, por un instante, la ilusión de que todo irá a mejor, de que la risa puede vencer al miedo.

 
 

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