Muerte de un revolucionario


Se cumplen hoy veinte años de la muerte de un revolucionario, José Monge Cruz, Camarón de la Isla, que galvanizó el mundo del cante y lo abrió a las generaciones más jóvenes, entre quienes, modestamente, me incluyo. Veinte años de la desaparición de un visionario que maridó el flamenco con otros géneros, haciendo caso omiso de los puristas y los puretas, y llegó a altísimas cotas de belleza y hermosura. El cante de Camarón, ahora que ya han pasado veinte años de casi todo, no ha perdido un ápice de magia, de arte y de frescura. Reescuchar La leyenda del tiempo, con esos toques de jazz y de rock, es como recibir una descarga eléctrica, una tormenta de verano en este comienzo de julio. Su voz reúne la rabia, el misterio y la alegría de vivir. Larga vida al maestro.

Poveda para primavera

Miguel Poveda
Miguel Poveda

Para comenzar de nuevo la primavera nada mejor que una recomendación musical: la de Miguel Poveda, que saca nuevo disco. El cantaor catalán edita ArteSano, en el que recopila palos diversos del blues de la piel de toro. Cuenta Poveda que se trata de un trabajo con “mucho colorido, artesanal, que pasea por diferentes poblaciones que han sido cantaoras, como Cádiz, Triana, Jerez, Sevilla o Málaga, con un montón de paisajes, sonoridades y emociones distintas”. Y Miguel Poveda se rodea no solo de grandes músicas, sino de grandes músicos: Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Isidro Muñoz, Diego del Morao, Manuel Parrilla, José Quevedo Bolita y Jesús Guerrero. Todos quienes vibraron con el exitoso Coplas del querer, editado en 2009, están de enhorabuena en esta primavera, y ojo, que el flamenco es adictivo, como asegura este artista, que con su música ha contribuido a atraer a este género a multitud de seguidores: hablamos de una música “hermosa, emocionante, auténtica y mágica”. “Al que entra en el flamenco una vez por un lado importante se queda para siempre”, avisa. Tiene toda la razón: hay que pintar de flamenco la primavera.

El blues de la piel de toro

Camarón
Camarón

Me caen muy bien los asturian@s. Son gentes nobles, llanas, trabajadoras, sencillas; buena gente. Es curioso, porque hay una cosa con la que muchos de ellos que conozco pierden su natural templanza. Sucede cuando les mientas la bicha de una empresa de bus que enlaza el Principado con otros puntos de la piel de toro; la voy a llamar La Compañía, no vaya a ser que de lo contrario atraiga el gafe o la mencionada compañía me mande correos con virus emponzoñados. Me pasó el pasado sábado. Tras una misión laboral concluida por la mañana, en Oviedo, tenía que regresar al Foro, pero no había combinaciones adecuadas de tren o avión. Alquilar un coche no me apetecía, porque ya estoy cansado de la brega laboral a estas alturas del año (y lo que te rondaré morena para lo que queda), así que opté por La Compañía. Y varios queridos compañer@s asturianos intentaron disuadirme, con cariño: “Estás loco; no sabes lo que haces; ¿pero cómo vas a hacer ese viaje bizarro…”. Pero seguí adelante con el plan. Total, si La Compañía y yo somos viejos conocidos de una larguísima estancia laboral mía en Galicia, años ha, en la que tenía el cuasi monopolio del transporte Lugo-Madrid-Lugo. Yo también acabé harto de La Compañía en aquel entonces, pero llevaba ¿doce años? sin subirme en uno de sus buses, y hasta me hacía ilusión. Ahora los vehículos de La Compañía ya no están llenos de humo de tabaco; llevan wifi y un monitor que te va mostrando la ruta que te queda sobre un mapa, como en los vuelos de larga distancia. En el bus íbamos apenas una decena de viajeros, que fueron/fuimos buena parte del trayecto dormidos, quizá soñando. Barrunto que hasta el joven conductor, que iba bien despierto, soñaba con encontrarse con su también joven amor, que le telefoneó en plena ruta y que le estaba esperando a pie de andén cuando aparcamos en la estación de Méndez Álvaro. Bueno, este también fue un modesto vuelo a ras de tierra, elevándose apenas un palmo sobre la Meseta después de atravesar las montañas astures, con una sintonía de fondo que, aunque no sonara, me acompañó durante las horas de este viaje que me trajo recuerdos de tiempos pasados: La leyenda del tiempo, de Camarón. El flamenco, el blues de la piel de toro: “El sueño va sobre el tiempo / flotando como un velero”.