Paraguas rojo

Paraguas
Paraguas

Las previsiones meteorológicas dicen que vienen unos días de borrasca. El hombre del tiempo habla de frío y lluvia. Toca abrigarse y elegir bien la ropa para no mojarse. Así que no salgas a faenar y deja la barca atracada, no hagas el tonto por cuatro peces. No se sabe cuánto se puede prolongar el temporal, puede que solo unos días, o tal vez sea cosa de varios meses; incluso de años. El tiempo está muy loco, y tú que estás en contacto con la naturaleza lo sabes mejor que nadie. Agarra el paraguas cuando vayas al colmado; mira a ver si han traído las conservas de bonito que tanto me gustan y compra también un saquito de legumbres, un manojo de hierbas de infusión y algunos embutidos curados, que voy a poner unas fabes. Si ves membrillos, echa un par de kilos, que luego haremos carne de membrillo al calor del hogar. No te vayas todavía: el mal tiempo siempre me hace pensar de dónde venimos y adónde queremos ir. Pero elige bien el paraguas antes de salir a la calle: no cojas ese de colores azules que es más falso que judas y tiene goteras; coge más bien el rojito, el que era el favorito de tu madre, que siempre te ha protegido. Coge bien el paraguas; no digas que no te avisé si luego te calas hasta los huesos.

Día de difuntos

Pájaro aterido
Pájaro aterido

«Hace en Madrid un frío que se caga la perra. Aun así, no se paran mis ideas, pero sí se congelan mis palabras. Como hablo solo por la calle y no me callo ni debajo del agua, no me he reprimido de hacerlo a pesar de la cuasi congelación imperante en el foro (o sea, Madrid). Se ha producido un curioso fenómeno: conforme mi boca escupía las palabras de mis soliloquios de camino al trabajo (vulgo, chapas), sobre lo divino y lo humano, los verbos, los artículos y las conjunciones copulativas, las diversas partículas de mi desordenada verborrea, caían muert@s al suelo. Sobre todo se desplomaban con gran estruendo las conjunciones copulativas, porque pesan más. Hace tanta rasca que han pasado a mejor vida ipso facto, dejando un reguero de tiernos cadáveres llenos de letras inermes e inertes. Y veo que lo mismo ha ocurrido con las palabras del resto de mis queridos vecinos de portal, que salieron a la calle un poco antes que yo. Según llegué a la boca del metro que tengo a la vuelta de la esquina, la acera estaba llena de mayúsculos y minúsculos cadáveres congelados, de sopas de letras escarchadas. Va a ser un día de intenso trabajo para los barrenderos. Van a tener que instalar también una morgue en la Real Academia de la Lengua (muerta), a la que iremos los deudos de las palabras fallecidas por congelación. RIP.»

Putogato

Putogato
Putogato

«Putogato aquel. Fuckingcat. Menuda me lió. Siempre tenía calor el jodío bicho. Siempre. Desde que le rescaté entre unos arbustos del patio de mi casa. Siempre parecía quejarse de tener mucho pelo. Pues haber nacido calvo, o en Groenlandia, no te jode, le decía yo. Le encantaban las bebidas frías con mucho hielo. Sus favoritas eran los gintonics. Cuando me descuidaba, le pegaba un lametazo al cóctel que siempre me acompaña en la medianoche. Sus ginebras favoritas, la Hendrick’s y la Seagram’s que me recomendó Pat. Qué pajaro. No sé qué pasó aquella noche de agosto, aunque lo barrunto. Me despertó un ruido raro del motor de la nevera. Y el olor a chamusquina. Me acerqué al refrigerador, y allí estaba. Había un arañazo en la puerta. Se ve que putogato quiso abrir la puerta buscando un hielo. Qué loco. Y había un cable pelado. Pobre. Se quedó tieso como la mojama. Cuando le saqué de debajo de la nevera ya estaba como él siempre quería, frío.»