Veraneos del 127

Un Seat 127 naranja
Un Seat 127 naranja

Recordaba en una conversación de ayer los veranos en los que las familias trabajadoras de Madrid descubríamos la playa tras largos viajes por las carreteras de los años 70, embutidos en los coches de la época (en mi caso, en el Seat 127 de mi padre), con yo y mis hermanos amontonados en el asiento de atrás y sin cinturón de seguridad. Aquellos años felices plasmados en fotos que han virado a sepia y en las que por desgracia ya hay ausencias, aquellos tiempos despreocupados de la infancia, cuando todo parecía al alcance de la mano. Un poco de agua, de sal, de sol y de arena de mar durante los quince días del apartamento en Fuengirola daban para calentar el cuerpo todo el año, con mi madre embadurnándonos el cuerpo de cremas para que no nos quemáramos con el rey sol; lo que yo hago ahora con mi hija. Me acuerdo ahora de nuevo con nostalgia de aquellos tiempos, justo esta mañana cuando acabo de dedicarme a uno de los mejores momentos del día: el riego de las plantas en esta casa tan linda, cuando intento repartir agua y cariño entre las macetas, viendo cómo se empapa la tierra que luego impulsará la vida a seguir medrando. Si solo necesitamos un poco de sal, sol y agua para vivir, bienes que son gratis y abundantes, ¿por qué la vida se muestra tantas veces tan avara con tanta gente?

Blanco y negro

Adiós, Colombo
Adiós, Colombo

Algún día le contaré a mi hija que la tele con la que yo me crie tenía solo dos canales: VHF y UHF, la primera y la segunda, en blanco y negro. Ahora tenemos cuatrocientos mil canales, tele por Internet y por el móvil, muchos colorines por todas partes, y a veces no hay muchas cosas que merezcan la pena. Por delante de nuestros ojos de niños y luego de adolescentes fueron desfilando series legendarias: La abeja Maya, Mazinger Z, La Bola de Cristal, M*A*S*H, Colombo Algún día le contaré a mi hija que los niños de antes viajábamos con nuestros padres comprimidos en las vacaciones de verano en unos coches diminutos, como el 127 que tuvo su abuelo, con rumbo a destinos turísticos lejanos y exóticos en aquel entonces para los niños de Carabanchel Alto, como Fuengirola. Que no teníamos consolas de videojuegos, ni teléfonos móviles, ni ordenadores. Ni habíamos montado en avión. Que jugábamos en calles de barrios humildes en los que apenas había coches. Que quienes para ella somos personas mayores formábamos parte de un decorado que ya no existe, y que, aunque eran tiempos de blanco y negro, podíamos ser felices.