Quién fuera piel roja

William Shakespeare
William Shakespeare, en datos

Cuando acabó la función, que fue tan divertida y graciosa, vi a una espectadora aún riendo a mandíbula batiente, casi teniendo que sujetarse todavía las mandíbulas con las manos para que no se le siguieran descacharrando, diciendo algo así como, “ay, mi Shakespeare, con lo que a mí me gusta, lo que hacen con él”. Y es que los cuatro actores de la compañía Kubik Fabrik que estos días desmontan y condensan con ingenio e inteligencia los mejores momentos de tres obras del dramaturgo inglés en la sala homónima (Otelo, Romeo y Julieta y Hamlet) demuestran que la mejor manera de querer a los clásicos es resetearlos, remasterizarlos y actualizarlos para convertirlos en este popurrí tan entretenido que es Desmontando a Shakespeare (hasta el domingo 2, a las 19:30, en la Kubik). No se lo pierdan, porque conservarán en su retina y en las comisuras de sus labios una hora y algo (parece poco, pero es muchísimo) de espectáculo teatral en estado puro, de esos en los que uno echa de menos no ser actor, no ser piel roja, tener esa capacidad para reírse de todo y de todos, hasta de los clásicos sacrosantos, y de hacer reír a los demás con todo ello. “¿Ser o no ser?”; mejor actuar, que es no ser y ser muchas cosas a la vez, como se constata viendo a Fernando Sánchez-Cabezudo, Alberto Quirós, José Troncoso y Miguel Uribe, dirigidos por Hernán Gené, y teledirigidos traviesa y locamente, sin duda, por el mismo Shakespeare.

¿Y si las cosas no hubieran sido como nos las contaron?

¡Adelante Kubik!
¡Adelante Kubik!

Ahora que todo es tan cambiante, y que realidad está sometida a una tensión permanente, ¿y si las cosas no hubieran sido como nos las han contado? ¿Cuántas mentiras nos cuentan y contamos para no volvernos locos y poder seguir viviendo? ¿Cuántos lugares comunes se han perpetuado a través de los siglos y forman parte de nuestro imaginario colectivo? Estas son las preguntas que subyacen bajo la función Claudio, tío de Hamlet, de Rajatabla Teatro, representada estos días en el emplazamiento provisional de mi querida sala Kubik Fabrik en el Matadero, de Madrid. La obra, en genial interpretación de Ernesto Arias, Eduardo Mayo y Verónica Ronda (tres actores, solo tres actores sobre los que se sostiene todo un universo), pone el foco en el personaje de Claudio, el asesino de su hermano el rey Hamlet, y tío del hijo del mismo nombre, para lanzar esos interrogantes sobre un personaje que Shakespeare describió como ambicioso, envidioso y celoso, pero que en esta obra se enfrenta a una nueva óptica: la de quien comete ese crimen para librar a su pueblo de un mal mayor, pues “no se puede obrar justamente con quien es injusto”. Claudio abre, así, un tiempo para la reflexión, y tras hora y media de espectáculo sale uno con las neuronas calientes y la sonrisa en los labios. Por fortuna, Kubik Fabrik volverá pronto a su sala habitual en Usera, una vez felizmente superados los problemas de licencia después de la ímproba tarea de Fernando Sánchez-Cabezudo, su director, del resto de la entusiasta tripulación de este gran proyecto, y del apoyo que le hemos prestado muchos micromecenas. Kubik volverán a seguir deleitándonos con sus mentiras, desde las tablas, porque eso es el teatro: una gran mentira que permite a sus espectadores coger energías para poder seguir viviendo. Enhorabuena y ¡adelante Kubik!