El robot

Robot
Robot

«Me compré, doctora, un robot limpiador para que me hiciera compañía. Desaparecida mi familia y los pocos seres que me querían (ahí todavía le incluyo a usted, que sigue escuchándome con suma paciencia mientras me tiendo en en el diván) necesitaba sentir la presencia de algo o de alguien. Y de repente vi en el periódico que también me acompaña desde que era jovencillo una promoción de cupones para conseguir un robot limpiador. Cuando reuní la cartillla y fui a recogerlo, me sentí como un niño con zapatos nuevos. Fue llegar a casa, sacarlo de la caja y ponerlo en funcionamiento, y la dicha fue completa. El robot iba limpiando y encerando toda la casa, en una rutina diaria que parecía no causarle ningún quebradero de cabeza, justo lo contrario de lo que me sucede a mí. Un día le puse un palo y unos ropajes; con una calabaza de juguete le monté una cabeza. Desde ese momento el robot y yo nos damos largos paseos por la ciudad, él limpiando y encerándolo todo, y yo dándole conversación. A veces me lo bajo a Madrid Río, y el robot se ríe (digo yo que se ríe, porque se le encienden todos los pilotos luminosos de golpe) dando sustos a los ciclistas y tirándose al agua para jugar con los patitos del Manzanares, a los que se empeña en abrillantar las plumas. Pegando la hebra con él me doy cuenta de que en las calles hay una plaga de robots que no son tan listos como el mío, doctora, do quiera que uno mire, aunque vayan con traje y corbata y hablen por el móvil.»

Pedaleando

Patines
Patines

«Mi madre me dijo que nunca dejara de pedalear. Que pedaleara fuerte, fuerte, cuando comienza la subida de la loma de la salida del pueblo, en la carretera que lleva a la vega, y que me dejara llevar por la bici cuando comenzara el descenso. Me dijo que no me acalorara cuando apretase el sol, que me cubriera la cabeza y que llevara siempre mi cantimplora. Mi madre se fue, y nunca supo si yo llegué a manejarme en la bici. Porque ocurre que siempre que aprendía a guardar el equilibrio y a conducirme con propiedad, a finales de verano, enseguida llegaba el frío y se acortaban los días. Dejaba de salir por el pueblo con la bici, y se me olvidaba cómo pedalear durante los meses oscuros. Así que cada verano, cuando volvía el color y la calor, tenía que repetir el rito de encaramarme en el cacharro, aprender a guardar el equilbrio y tirar para adelante esquivando los obstáculos que la vida te pone por delante. Han sido tantos años así que nunca he aprendido a montar bien del todo. Este año que el verano se está prolongando tanto y que todavía sigo usando la bici, este año que me está dando cuartelillo, igual lo consigo y logro aprender sin que se me olvide luego. Claro que mis amigos dicen que la bici ya no se lleva; que ahora lo molón son los patines. Hay que joderse. Así es la vida.»

La tuneladora

Tuneladora
Tuneladora

«En cuanto que empieza septiembre me gusta irme a la tuneladora. Tampoco me queda otra opción, porque ese es mi trabajo. Tengo alma de topo. Me paso agosto a la luz del sol, tostando mi piel, bronceándome para todos los meses ayunos de calor que me esperan luego pilotando la tuneladora. Abro zanjas, cavo fosas, devoro terrones de tierra sin prisa pero sin pausa, llevando la civilización tuneladora a todos los confines para los que mi empresa me manda. Por el camino como raíces de árbol, veo nidos de animales raros que me miran aunque no me vean, porque están ciegos. Maniobro con la tuneladora y me acuerdo de mis abuelos, a los que no traté demasiado, pero de quienes me dijeron que uno fue labrador y el otro un panadero que tocaba el clarinete en sus escasos ratos de ocio. Yo no he heredado ninguno de esos oficios: no sé labrar la tierra; solo la roturo por dentro. Tampoco sé hacer pan, aunque los efectos explosivos de la levadura quizá podrían emplearse para abizcochar la tierra, para hacerla más esponjosa cuando la horado con la tuneladora. Vienen meses de estar sumergido con la tuneladora, y de aflorar en algún momento para ver si afuera sigue luciendo el mismo sol del que me despedí en agosto.»