El imbécil

Idiota
Idiota

Conozco a un sujeto la mar de imbécil en esta ciudad que, cada vez que ve a un inmigrante en el metro demasiado cercano a su persona, intenta alejarse de él y en un impulso reflejo se cerciora de que la cremallera de sus bolsillos y cartera está subida hasta los topes. El imbécil piensa que todos los inmigrantes le quieren asaltar y tienen pinta de delincuentes simplemente porque tienen el rostro algo más oscuro que el suyo. El imbécil es un gran pensador. El imbécil tiene un rostro de hormigón armado. Aquí el único listo es él. El imbécil se aplica el ande yo caliente, ríase la gente, porque luego hace negocio con todos y no le hace ascos a nadie; la pela es la pela y ahí no hay colores. El imbécil trabaja en un agencia inmobiliaria y más de una vez durante estos años de atrás se ha hecho el imbécil colocando pisos con precios por las nubes a inmigrantes ignorantes que los pagaban gustosos bajo condiciones leoninas. El imbécil es en realidad un delincuente, pero, eso sí, vestido con traje y corbata, que va pegando palos a todo el mundo que se le pone por delante. Si le ven en el metro, agarren la cartera.

A la excelencia por la putrefacción

Crisis
Crisis

Estamos en un punto tan crítico en esta crisis de mierda que la solución que pergeñan algunos pasa por aliarse con la susodicha caca para ver si conseguimos dar alguna brazada hacia adelante. Al igual que un veneno en pequeñas dosis obra un efecto beneficioso y medicinal, y que en grandes cantidades es mortal, ese parece ser el principio activo de algunas propuestas que se vienen conociendo. Que si un banco malo que agrupe los productos inmobiliarios putrefactados, que si minijobs, minitrabajos con sueldos de mierda para crear empleo… Todo suena muy raro, y al tiempo, los verdaderos malos de todo este tinglado, lo que se están llevando muerta la pasta con sus juegos malabares con la deuda soberana, no parán de engordar sobre los restos del naufragio, sin que nadie se atreva a meterles mano. Llegar a la excelencia y salir de la crisis cogiendo carrerilla sobre la mierda… o conseguir que la suela del zapato se hunda aún más en la porquería. ¿Alguien entiende algo?

Amaneceres infantiles

Pesadillas
Pesadillas

Cuando uno es niño las noches se pueblan de trasgos, monstruos y brujas, que no se van del todo a pesar de que haya una lamparita que dé luz al lado de la cama. Más bien al contrario, porque la lamparita tiene por costumbre arrojar sombras con formas caprichosas que, no se sabe cómo lo hacen, pero siempre se asemejan a seres fantasmagóricos. Qué miedo. Y meterse debajo de la sábana y las mantas (hoy, del edredón) tampoco ayuda, aunque consuele, porque los seres raros siguen ahí afuera acechando al otro lado de la tela, debajo de la cama o subidos a la estantería de los cuentos, que en sí mismos son formidables contenedores de sueños y pesadillas. Solo la llegada de nuestra madre, al requerimiento de nuestra voz o de nuestro llanto, espanta las bestias y ahuyenta los temores. Mi madre, la madre de cada cual, su cálida voz con propiedades balsámicas, sus manos siempre llenas de caricias tranquilizadoras, que corre a arroparnos o a darnos un beso de hola al mundo matinal, de adiós a las sombras, de triunfo de la luz, de bienvenid@ al amanecer.