Demasiados anocheceres

Luto
Luto

No dejan de engrosarse, día tras día, los anocheceres en la piel de toro. Lutos anticipados en forma de muertes de mujeres, que ensangrientan el rostro de una sociedad, la española, que se presume avanzada. Anoche fue una mujer en Valencia; el domingo pasado, otras tres asesinadas en varios puntos de España. Van casi 50 víctimas por terrorismo doméstico, machista y criminal en lo que va de año. Cincuenta anocheceres precipitados. Medio centenar de muertas, de noches negras sin fin. El Gobierno acaba de lanzar una nueva campaña de concienciación para actuar ante las primeras señales de esta lacra, que parece no detenerse. Los paneles de las autovías suelen informar de las muertes en carretera; también podrían emplearse para advertir de esta otra sangría por desgracia tan cotidiana, para cuya erradicación debería conjurarse toda la sociedad española. Mientras no desaparezca, en España seguirá anocheciendo antes de tiempo.

El telefonillo

Momento telefonillo
Momento telefonillo

«Yo todas las mañanas, doctora, me intento liberar del sopor, como hará usted, con el telefonillo de la ducha. Por este apéndice llegan mensajes raros del mundo exterior hasta mi cabeza, todavía embotada a tan temprana hora: haz café, vete a trabajar, reúne algo de dinero para intentar recortar la voraz hipoteca… El telefonillo, aplicado al cerebro, conversa con la realidad que afuera, en la calle, también se despereza entre bostezos. Tiene mucha vida el telefonillo, sí. A una amiga mía, cuando era preadolescente, una monja que tenía de profesora solía asustarle no sin cierta delectación con que el telefonillo lo cargaba el diablo: la monja sabría por qué en lugar de dialogar con Dios mediante el telefonillo de la ducha procuraba un cielo ardiente con Lucifer. Mi amiga se quedaba un tanto extrañada en su todavía alma de niña, y solo más tarde pudo aprender las otras ventajas del aparato para su cuerpo, que desde entonces emplea con frecuencia para liberarse de la realidad mediante la inmersión en el deseo. Los poderosos, doctora, también usan telefonillo para sacudirse el estupor. En la imagen de la izquierda, que para mi consuelo se publicó ayer en numerosos diarios, la canciller Merkel parece aplicarse a la oreja una especie de teléfono de los antiguos, que en apariencia se asemeja más bien a un telefonillo de ducha. Al otro lado debía de estar conversando con la afligida Europa, medio hundida por la crisis: «Canciller, sáquenos del hoyo, ¡no nos deje caer!», debió de suplicarle la UE a la jefa del Gobierno germano. En ese último deseo nos jugamos nuestra realidad presente y futura, doctora.»

Vuelve lo retro

Reloj Casio
Reloj Casio

Las muñecas de los seres humanos, al menos las muñecas de los seres humanos con los que me cruzo en el Metro, se están poblando de relojes de aspecto retro, de aquellos Casio de pantalla monocolor que yo también tuve cuando era adolescente. Es una vuelta más de lo retro en la moda, que avanza hacia adelante y hacia detrás. Es solo moda, seguro, aunque esta tendencia retro tan presente en el presente, ¿es una señal del futuro inminente? De hecho, lo retro está bien presente en España merced a políticas y políticos tan antañones como Esperanza Aguirre, por citar el ejemplo más cercano a mi condición de madrileño, quien -en una muestra más de su bonhomía y naturaleza cordial- acaba de arremeter contra los profesores que ponen en solfa el enésimo recorte en enseñanza (pública, claro) que ha perpetrado la presidenta. En una clara maniobra para ganarse el favor de la retroopinión pública, la mentada dama les acusó poco más o menos de no querer dar un palo al agua, enlazando con esa vieja y garrula mentalidad patria del «trabajas menos que un maestroescuela». Pena de país que durante siglos ha pensado de manera semejante sobre quienes enseñan a nuestros hij@s. Ay de las retronaciones que recortan en educación, bibliotecas, servicios públicos: están recortando el futuro, ni más, ni menos. Ay de los retros que amenanan a los maestros y maestras. No sé si la presidenta luce un Casio en la muñeca, porque, total, lo lleva bien colocado en el cerebro. Y gracias, por último, a todos quienes la retrovotaron el pasado mes de mayo, y que esperan esperanzados el Advenimiento Marianil, el Sumo Hacedor de lo Retro (¡Dios no lo quiera!): ¿ninguno se arrepiente de lo que retrovotó?