Mundos plásticos

Plastilina
Plastilina

En el colegio público de esta Comunidad de Madrid gobernada por la derecha-derecha al que va mi hija hay niñ@s que dan religión y otros que no. A muchos nos sigue pareciendo extraño que un colegio público sostenido con fondos aportados por creyentes y no creyentes tenga seguir albergando clases de religión (religión católica, claro; esto en un colegio en el que hay críos procedentes de familias de credos diversos), pero ese es otro debate. El caso es que, cuando toca clase de religión, los que no están apuntados a esa sesión de adoctrinamiento (mi hija entre ellos), tienen que salir de su aula habitual e irse a un despacho. Mientras dura la clase de religión, mi hija y sus amigos leen cuentos, mientras quizá en su clase están leyendo otros cuentos sobre la creación del hombre. El otro día, mi hija me confesó que, durante ese tiempo, había estado modelando algunos seres en plastilina, una peonza y una trompeta en concreto, mientras tal vez en su clase les estuvieran contando que Dios modeló a Adán con barro para insuflarle vida después. Todo son ficciones.

Ratas orientales

Ratas
Ratas

Los sátrapas orientales confunden su mundo con el mundo. Lo que distingue el crecimiento del ser humano es su capacidad para concebirse como un ente autónomo frente al entorno (The Magic Years, Selma H. Fraiberg): «Un perro no sabe que es un perro; un ratón no sabe que es un ratón; e incluso entre los primates superiores encontramos que los más avanzados chimpancés no saben que son un chimpancé (…) La cualidad fundamental de la inteligencia humana proviene de su conocimiento de un sí mismo que está separado y es distinto del mundo objetivo». Los sátrapas orientales son ratas que no han pasado de la fase del pensamiento mágico infantil que considera que sus acciones y pensamientos son la causa de todas las cosas. Son patéticos absolutistas disfrazados de Carnaval de manera permanente. Y lo peor es que se pensaron que podrían someter eternamente al pueblo con sus chiquilladas (y casi lo consiguieron; el dictador de Libia durante cuarenta años). Y lo peor es también el papel de un Occidente que les ha reído las gracias durante muchos años, muchos, casi los que median entre el reparto colonial de estos territorios en el siglo XIX y principios del XX hasta ahora, cuando las cosas parecen estar cambiando. Es hora de que los países del otro lado del Mediterráneo avancen hacia sociedades adultas que sustenten democracias avanzadas de una vez, en beneficio de todo el mundo. Y que las ratas orientales se escondan con sus disfraces carnavalescos en las cloacas de las que nunca debieron salir.

Carta a mi sobrino

Libia
Libia

Querido Alberto. Acabas de hacer 18 años. Ya eres mayor de edad. Cómo pasa el tiempo: aún recuerdo cuando eras pequeño, como un garbanzo revoltoso. Ya eres adulto y tienes plena capacidad de obrar y para hacer cosas que antes te estaban vedadas. Puedes, por ejemplo, sacarte el carné de conducir. Y también puedes votar. Tienes en tus manos -y podrás ejercerlo en las próximas elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo- el derecho a elegir quién gobierna el espacio público. Parece una tontería, pero hay muchas personas que han dado su vida para que los jóvenes como tú puedan realizar un gesto para nosotros ahora tan familiar como introducir un voto en una urna. Fíjate en todos los jóvenes que están participando en las revoluciones árabes, movidos por un ansia de libertad y de sacudirse de encima a los amojamados sátrapas que les venían gobernando. Muchos de esos jóvenes seguro que no han podido votar nunca, o quizá lo hayan hecho en elecciones falsas, de cartón piedra. Jóvenes, por cierto, muchos de los cuales han empleado las redes sociales virtuales para armar esta revolución. Jóvenes y adolescentes árabes que hacen un uso adulto de las redes y que nos han dado una lección a muchos mayores occidentales obsesionados con hacer un uso adolescente de las redes.