Líneas rojas

Protestas
Protestas

Quienes protestaron este miércoles ante el Parlamento de Cataluña no se sabe bien qué es lo que querían. Decían rechazar el tijeretazo a las partidas sociales en las cuentas públicas de la Generalitat decidido por la derecha gobernante de CiU con apoyo tácito del PP, a costa de casi impedir que quienes se oponen a ese recorte -los partidos de izquierda- pudieran acceder a la Cámara. Un matiz: vivimos en una democracia representativa, y en un sistema así las decisiones se adoptan en los parlamentos. Y donde no hay parlamentos democráticos, hay dictaduras, no hay mucho más. Así que, ¿han traspasado las personas concentradas ayer ante el Parlamento de Cataluña líneas rojas que se deben respetar? Yo creo que que sí. Y es un error: porque con su actitud violenta dan alas a los sectores más ultras de la sociedad española, que toman la parte por el todo y confunden una minoría violenta con el grueso de las personas que salieron estas semanas de atrás a las plazas de España, y eso no es justo. Fuimos muchos los que valoramos la inteligencia colectiva del movimiento 15M -que por cierto se ha desmarcado de estos exaltados-, puesta de manifiesto en la acampada de Sol, y yo confío en que la cosa no se eche a perder por culpa de unos cuantos extremistas que en vez de buscar la playa bajo los adoquines, cogen los adoquines y se los tiran a la cabeza de los demás. Para que una protesta pueda ser considerada legítima, lo primero que tiene que hacer es no ilegitimarse a sí misma con sus actitudes. Pero tampoco estoy de acuerdo con la caja de los truenos que los voceros de la caverna han abierto, so pretexto de los incidentes, para parangonar al movimiento 15M con la kale borroka, meter todo en el mismo saco y acabar con una conclusión preclara: la culpa es de Rubalcaba.

Inteligencia colectiva

Sol
Sol

Decenas de jóvenes acampan en la Puerta del Sol y en otras plazas españolas desde hace días y van a prolongar su estancia a cielo abierto en Madrid hasta el próximo domingo. Han colgado sus proclamas de protesta por todas partes -hasta en las portadas de la prensa internacional- y han hecho aflorar un movimiento subterráneo, dándonos a propios y extraños una bofetada de realidad. Si visitas el lugar constatas lo bien organizados que están, con diferentes comisiones que abarcan el funcionamiento de su pequeña ciudad: desde la comisión de abastecimiento, a la guardería, pasando por la imprescindible de relación con los medios de comunicación. Detrás de ellos late una poderosa inteligencia colectiva, una intendencia que aprovecha todo el potencial de las redes. Muestran sus anhelos y sus sueños y, como se ha escrito estos días, nos han hecho un poco más viejos a los demás con sus reivindicaciones, algunas más utópicas, otras perfectamente realizables. En 1879, en una taberna de ese centro de Madrid tomado por los indignados del siglo XXI, un grupo de obreros quizá también indignados entre los cuales abundaban los tipógrafos -heraldos de las artes gráficas- creó el PSOE de la mano de Pablo Iglesias. Más de cien años más tarde, a escasos metros de distancia de aquella taberna ha surgido un movimiento que no se sabe muy bien en qué va a terminar, pero de cuya organización y de cuyas ilusiones pueden aprender mucho los partidos clásicos, los de izquierda sobre todo, si no quieren quedarse caducos. La izquierda no debe limitarse a gestionar lo que hay: ha de aspirar a gestionar lo que debería haber.

Jornada de reflexión

Protesta en Sol
Protesta en Sol

La caverna mediática ultraderechista que nos rodea no para de bramar en estas últimas horas, por tierra, mar y aire. Qué matraca. Parecen querer sangre, disturbios, tumultos, botes de gas, carreras, contundentes intervenciones policiales que interrumpan esta apacible primavera. No les entran en la cabeza las manifestaciones pacíficas ciudadanas de protesta que están teniendo lugar en numerosas ciudades de España, con epicentro en la hermosa Puerta del Sol de Madrid, y piden al Gobierno mano dura contra los miles de acampados. Así entienden la política: palos al discrepante. El Ejecutivo socialista ha descartado desalojar las plazas, porque hacerlo supondría causar un mal mayor al supuesto mal causado. Es una decisión razonable, que ha acabado de encabronar a esta caverna que domina en los quioscos y en la TDT, obsesionada con lo que hace o deja de hacer el vicepresidente Alfredo Pérez Rubalcaba, uno de los grandes políticos de este país mal que les pese a los de siempre. Y respecto a los indignados que se quejan de lo que hay (con razón a mi modesto juicio en muchas cosas, con menos razón también a mi modesto juicio en otras), cabe hacerles una pregunta: ¿qué habría ocurrido en estas plazas si en La Moncloa estuviera un Gobierno de derechas, esa misma derecha que pide mano dura contra ellos? Debería darles miedo pensar en lo que les puede ocurrir como vengan los de enfrente: eso sí que va a ser el llanto y el crujir de dientes, para una caverna que por fin se relamerá de gusto. ¿De verdad piensan que todas las opciones políticas son iguales? ¿Están seguros de no querer ir a votar?