Caminar hacia la luz

El Concierto de San Ovidio
El Concierto de San Ovidio

En la vida deberíamos caminar hacia la luz, aunque haya tanta gente que prefiera el reverso de las tinieblas. Dejar de abismarnos en las sombras, salir al sol. Hoy leía una entrevista en prensa con un filósofo que no conocía, Josep María Esquirol, que habla de los dos infinitivos que, al final, son los que guían nuestra vida: amar y pensar.  Evitar las penumbras. Ignorar a los que hieren y causan daño. Rechazar también a los insensibles al dolor ajeno, a quienes tienen el corazón de hielo, a los que no se conmueven ante el sufrimiento (uf, estos son casi los peores). No transigir, tampoco, con quienes ríen las bromas y las chanzas, con los miserables que se burlan de los demás, como los personajes que se pitorrean de los ciegos de El Concierto de San Ovidio, de Antonio Buero Vallejo, que se representa estos días en el Centro Dramático Nacional de Madrid. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, como también apuntaba el filósofo que citaba al principio de este apunte.

Animales feroces

Isaac Chocrón
Isaac Chocrón

Pocas obras he visto en la Kubik con tal profusión de actores y actrices como esta Animales Feroces, de Isaac Chocrón (escritor venezolano de origen sefardí que publicó esta obra en 1963), que hoy dice adiós en este teatro de Usera, a cargo del Colectivo Fisión Escénica. Once personas sobre el escenario, todas de la misma familia, en una obra de historias entrecruzadas alrededor de un suicidio con misterio de fondo, el de una posible pasión que solo se insinúa. Porque en  todas las familias hay mentirijillas, historias a medias y medias verdades es recomendable ver a estos animales feroces en evolución sobre las tablas de la Kubik, que se desarrolla a modo de flashes fotográficos, de trocitos de puzzle que van encajando y desencajando sobre la idea de la soledad llevada hasta sus últimas consecuencias. Es muy interesante, por cierto, la incorporación de música sefardita y de la iluminación a esta obra sobre una familia judía, hasta tal punto de que música y luz se convierten en dos protagonistas más de esta original pieza.

La tuneladora

Tuneladora
Tuneladora

«En cuanto que empieza septiembre me gusta irme a la tuneladora. Tampoco me queda otra opción, porque ese es mi trabajo. Tengo alma de topo. Me paso agosto a la luz del sol, tostando mi piel, bronceándome para todos los meses ayunos de calor que me esperan luego pilotando la tuneladora. Abro zanjas, cavo fosas, devoro terrones de tierra sin prisa pero sin pausa, llevando la civilización tuneladora a todos los confines para los que mi empresa me manda. Por el camino como raíces de árbol, veo nidos de animales raros que me miran aunque no me vean, porque están ciegos. Maniobro con la tuneladora y me acuerdo de mis abuelos, a los que no traté demasiado, pero de quienes me dijeron que uno fue labrador y el otro un panadero que tocaba el clarinete en sus escasos ratos de ocio. Yo no he heredado ninguno de esos oficios: no sé labrar la tierra; solo la roturo por dentro. Tampoco sé hacer pan, aunque los efectos explosivos de la levadura quizá podrían emplearse para abizcochar la tierra, para hacerla más esponjosa cuando la horado con la tuneladora. Vienen meses de estar sumergido con la tuneladora, y de aflorar en algún momento para ver si afuera sigue luciendo el mismo sol del que me despedí en agosto.»