El mono maniático (II)

Orangután
Orangután

«Echo tanto de menos al mono maniático acerca de cual escribía ayer…  Hoy me he vuelto a acordar de él después de leer esta información de la revista Nature que publican hoy varios medios: “Cuando los antiguos habitantes de la costa asiática decidieron bautizar a los simios de la localidad como orangután, que significa hombre del bosque, no sospechaban que años más tarde la ciencia les daría la razón. Un consorcio internacional de 34 universidades, liderado por la Universidad de Medicina de Washington en St. Louis, logró secuenciar el genoma completo de un orangután de Sumatra, el pariente vivo más antiguo del ser humano, logrando resultados inesperados: pese a haberse separado de la rama evolutiva que dio origen al homo sapiens hace unos 15 millones de años, hoy comparte un 97% de los genes del ser humano y está sólo un 2% alejado de gorilas y chimpancés, los simios más parecidos a nuestra especie. El hallazgo, que aparece hoy en la portada de la revista Nature, ha llamado la atención de la comunidad científica, al comprobarse el gran parecido genético entre las especies, a pesar de haberse separado en Pongos (orangutanes) y Homínidos (gorilas, chimpancés y hombres). Aunque Devin Locke, genetista evolutivo del centro de Genética de la Universidad de Washington, explicó a La Tercera que su trabajo consiste en centrarse en el 3% de diferencia, ya que eso es lo que les permitirá conocer más detalles sobre el proceso evolutivo de las especies en su camino para formar al ser humano.” Está claro que tengo a mi mono maniático más cerca de lo que pensaba.»

El mono maniático

Mono
Mono

«El mono venía de regalo con un paquete grande grandísimo de magdalenas. Fue un momento extraño, porque llegué a pagar a la caja del Ahorramás y la señorita de la susodicha me dijo que me había tocado de regalo aquel animal. Era muy listo. Al principio en casa se pasaba el día encaramado a las estanterías de mi biblioteca; a falta de lianas, le gustaba colgarse de las hojas de mis libros. Luego le dio por leerlos y más luego por comérselos. Así adquirió un grande saber. Tenía querencia por los relatos con final infeliz. El día que bajó de las estanterías de los libros, después de haberlos arrasados casi por completo, noté que tenía la cabeza más grande y la mandíbula menos desarrollada: parecía casi humano. Se fue al patio de atrás de mi casa y lo convirtió en un jardín. Un día compró un cerdo por Internet, lo crió en ese mismo patio con mondas de patata y de naranja y un diciembre lo sacrificó para hacer chorizos y jamones. Se le daba bien amaestrar y domesticar otras realidades. Lo mejor es que era amoral y no tenía sentimiento de pecado, ni de culpa por nada. Un mes de febrero se hizo un curso online de tiro al blanco y menos mal que se marchó, porque me miraba a veces con ojillos raros, como si me me quisiera utilizar de diana. Era un mono maniático, sí. Todos somos monos maniáticos.»