Don

Don, en Paliomares
Don, en Palomares

Cada vez que se muere un don me echo a temblar por las loas que se derraman y los inciensos que se prenden, envolviéndolo todo en un aroma denso, dulzón, impenetrable, que tapa las sombras del personaje. Cuánta querencia hay en España a la hagiografía, más que a la biografía; a beatificar y a santificar al personal ilustre y pretérito. Como si la partícula diera dignidad a lo que viene detrás, el significante se convirtiera en significado y nos olvidáramos, en este país con tan poca memoria, de los muchos dones y doñas que han construido la democracia. Ha muerto Fraga, don Manuel para sus admiradores: por mi parte respeto a su marcha, y ya está, desde la más profunda discrepancia ideológica hacia un personaje autoritario y muy de derechas. Todos los días se están yendo en silencio y sin reconocimiento alguno muchas personas que de manera anónima y con la más absoluta humildad pusieron su granito de arena para construir la democracia en España, gentes que en muchos casos sufrieron exilio, o represión, o cárcel por sus ideas, y que no se criaron a los pechos del régimen anterior. Don nadies que son ejemplos para muchos, aunque vivan en espacios más reservados para la memoria, y también en pastos más frecuentes para el olvido.

Inaugurator

Fraga, en Palomares
En Palomares

Ahora que la Junta Electoral Central ha dictado una instrucción que reitera la prohibición recogida en la ley para inaugurar obras públicas una vez convocadas las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo, me pregunto qué haría Manuel Fraga si siguiera al frente de la Xunta de Galicia para satisfacer su voracidad inauguradora en caso de haberse topado con algún tipo de restricción legal. Inaugurator. Yo llegué a trabajar a Lugo, en mi periódico, El Progreso, en 1993, Ano Xacobeo (y año también de elecciones generales). Recuerdo perseguir a Inaugurator a tumba abierta por autovías, carreteras, caminos, rúas y corredoiras de todo Lugo, a toda hostia en el coche del fotógrafo del diario, detrás de Inaugurator inaugurando albergues de peregrinos, colegios y todo lo que se le pusiera por delante. Qué furia de la naturaleza. Siempre buscando el tiro de la cámara de la Televisión de Galicia (“¿Dónde están mis cámaras?”, le recuerdo preguntar con su genio habitual a sus ayudantes). Siempre su proverbial catarata de palabras atropelladas tras la preceptiva bendición del cura en el nuevo edificio (que para eso nos criamos a los pechos del régimen) y, tras engullir unos productos da terra, vuelta a la carretera, sin descanso, hacia la siguiente cinta para cortar. No llegó a abrir un aeropuerto sin aviones ni licencia de navegación, como en Castellón, pero poco le faltó. Le he vuelto a encontrar a Madrid, en circunstancias distintas, muchas veces más, pero cualquiera se acerca a preguntarle por aquellos tiempos. Te puede dar una voz. Inaugurator.