Ignorancia del árbol

Árbol
Árbol

Siendo como somos una evolución de los monos que en su momento bajaron de las ramas, no deja de ser paradójico el olvido urbanita contemporáneo hacia la identidad de lo que nos sustentó: el árbol. Esto es, ¿quién de ustedes es capaz de distinguir un fresno de un aliso, un roble melojo de un carballo? Los habitantes de la ciudad vivimos de espaldas a la naturaleza, que solo queda bien como fondo de las fotos de postal que nos gusta hacer. Pero la mayoría lo ignoramos todo sobre la vida de las plantas, lo cual no deja de ser sangrante en un país con tanta presencia del campo como es España. Yo reconozco mi gran ignorancia, y me avergüenzo de esta incultura arborícola que no sé si se reparará para las generaciones venideras mediante la inclusión de tratados para plantas en los manuales de Conocimiento del Medio (“Cono”, como dicen los niñ@s). Vean lo que ocurre durante estos días festivos con las cosas verdes que imitan a los árboles de la naturaleza y que colocamos en distintas peanas en nuestros comedores. Compramos abetos plasticosos fabricados a mansalva en China para evitar que se talen los abetos de verdad, sin que nos importen las condiciones laborales de porquería en las que se fabrica el susodicho abeto. No se talan árboles de verdad, pero estamos contribuyendo a que se talen derechos laborales y sociales en China, a que se levanten vidas falsas y modelos socioeconómicos trucados en Oriente que luego se pretenderán imponer en Occidente (al tiempo). En vez de la pescadilla que se muerde la cola, el abeto que se muerde la cola. Al final está todo relacionado por la ignorancia.

La televisión

Televisor
Televisor

«… ¡Ah! Ponme también mitad de cuarto de salchichón ibérico, y luego un trozo de queso manchego metido en manteca. ¿Sabes, Paco? Desde que murió mi marido, te puedo pedir de todo en esta charcutería tan mona que tienes en el mercado. ¡Mi esposo solía estar tan mal del colesterol que se nos estaba poniendo cara de acelga de tanto comer sano! Estoy bromeando; me gustaría tanto que él siguiera viviendo… Le echo mucho de menos, Paco, tan sola. Mis hijos me acaban de regalar una tele de esas planas de ahora, que por trescientos euros tiene de todo, dicen. Cuando me la trajeron, me acordé del primer televisor que tuvimos en casa, hace… 48 años, sí. En blanco y negro, claro; costaba 14.000 pesetas de la época, que era un dinero, ¿sabes? Bueno, qué vas a saber tú, que eres tan joven. Catorce mil pesetas, un dineral. A mi marido se las iban descontando de la paga de Galerías. De Galerías Preciados, un negocio que ya no existe, que es donde él trabajaba y donde compró el televisor. Éramos la envidia del barrio. Con la nueva tele me he acordado mucho de aquel viejo televisor y de mi marido… Por las noches, frente a la pantalla plana que me han traído los hijos, extiendo la mano en el sofá. Parece como si estuviera tocando sus dedos nudosos, aunque él ya no esté más. Presiento que mi vida está virando a sepia y barrunto que pronto se fundirá en negro, por muchos colores brillantes que tenga esta pantalla. Y que, quizá cuando llegue el the end, le vuelva a ver. Ah, Paco, échame también cuarto y mitad de lomo, del ibérico, claro, que hoy vienen los nietos a comer a casa…»