Ignorancia del árbol

Árbol
Árbol

Siendo como somos una evolución de los monos que en su momento bajaron de las ramas, no deja de ser paradójico el olvido urbanita contemporáneo hacia la identidad de lo que nos sustentó: el árbol. Esto es, ¿quién de ustedes es capaz de distinguir un fresno de un aliso, un roble melojo de un carballo? Los habitantes de la ciudad vivimos de espaldas a la naturaleza, que solo queda bien como fondo de las fotos de postal que nos gusta hacer. Pero la mayoría lo ignoramos todo sobre la vida de las plantas, lo cual no deja de ser sangrante en un país con tanta presencia del campo como es España. Yo reconozco mi gran ignorancia, y me avergüenzo de esta incultura arborícola que no sé si se reparará para las generaciones venideras mediante la inclusión de tratados para plantas en los manuales de Conocimiento del Medio (“Cono”, como dicen los niñ@s). Vean lo que ocurre durante estos días festivos con las cosas verdes que imitan a los árboles de la naturaleza y que colocamos en distintas peanas en nuestros comedores. Compramos abetos plasticosos fabricados a mansalva en China para evitar que se talen los abetos de verdad, sin que nos importen las condiciones laborales de porquería en las que se fabrica el susodicho abeto. No se talan árboles de verdad, pero estamos contribuyendo a que se talen derechos laborales y sociales en China, a que se levanten vidas falsas y modelos socioeconómicos trucados en Oriente que luego se pretenderán imponer en Occidente (al tiempo). En vez de la pescadilla que se muerde la cola, el abeto que se muerde la cola. Al final está todo relacionado por la ignorancia.

… ¿y el Ibertren?

Rey Baltasar
Rey Baltasar

«Querida doctora. Le escribo en este bloc, porque al ser festivo (Epifanía para más inri) no podré desplazarme a su clínica, pero seguro que acabará leyéndome. Me he levantado esta mañana tras una agitada noche de nervios y tensión motivada por la visita de los Reyes Magos, a quienes vi ayer en la cabalgata de Madrid. Sé que enfrente de mí, en este preciso y precioso instante, en el salón de mi casa, hay diversos paquetes envueltos con regalos. Pero tengo alguna certeza: hay varias cajas, pero por la pinta ninguna es para mí, sino para algún niñ@ que mora en esta casa; así que los Reyes no me han traído el Ibertren que les vengo pidiendo desde que era pequeño. Lo han vuelto a hacer. Vale, ahora soy mayor y si quiero un tren me puedo comprar un billete para el AVE o irme a verlos al Museo del Ferrocarril, pero, ¿me traerán alguna vez el Ibertren? Bueno, me consolaré pensando en lo que me dirá usted la próxima vez que pase consulta: que la ilusión es el motor que hace avanzar nuestras vidas, y que perderla es lo que nos hace pararnos. Le dejo, que voy a hincarle el diente al roscón (espero, al menos, que no me toque también pagarlo).»

Formas caprichosas

La Bruja de Oro
La Bruja de Oro

«Querida doctora, cuando cierro los ojos veo formas caprichosas dentro de mis pupilas que se anticipan al futuro. Son como burbujitas evanescentes; algunas se van hinchando como nubecillas preñadas de agua que ¡pumba! revientan de golpe y me dejan empapado de la piel pa dentro. A veces esos pequeños cuerpos se me asemejan a gentes que he conocido. Otras más bien parecen letras, de distintos alfabetos (conozco el latino, pero entreveo incluso letras del cirílico y algunos caracteres chinos). Últimamente veo números, muchos números; sí, barrunto que tienen que ver con el Sorteo de Navidad de mañana miércoles. Los he apuntado y he podido comprar en La Bruixa d’Or unos décimos con esos guarismos. ¡Este año seguro que nos toca (se lo digo por el décimo que le regalé)! Doctora, si ve que no vuelvo la próxima semana a la consulta, posiblemente es que ya seré millonario; ya le mandaré una postal desde Miami. Leí que todo esto de las manchitas de mis ojos tiene una explicación científica, creo recordar que relacionada con los glóbulos de la sangre o dios sabe qué, pero a mí me gusta pensar que estas formas revelan que tengo mucha vida interior. Más que exterior, sin duda. ¡Suerte!»