Presunto humano

Calamar
Calamar

Están ahí, plácidos y apilados en los estantes de la pescadería, rodeados de hielo, durmiendo un sueño eterno tras salir de los mares, pero vivos son terroríficos. Voraces hasta la saciedad, se atacan incluso entre ellos con gran ferocidad. Un documental sobre su vida da verdadero miedo por mucho que estés parapetado tras el sofá. No hace mucho rajé uno en mi cocina antes de hacer un arroz y dentro llevaba un pescado que los jugos gástricos habían comenzado a digerir; parecía una sardina. Son los calamares. En algunas zonas de España su nombre se usa también como insulto para despreciar a quien se lo merezca: “Menudo calamar”. Esto se le puede aplicar a muchos seres humanos, calamares en realidad, como el calamar carnívoro (todos lo son) que se llevó por delante la vida de ochenta personas en Noruega hace una semana. Presunto criminal, presunto humano, verdadero calamar voraz sobre el que merece caer todo el peso justiciero del agua del océano.

Arco iris vs grisura

Herbjorg Wassmo
Herbjorg Wassmo

Una reflexión sobre el color y el cambio encontrada en un libro lejano, pero más cercano de lo que parece. La escribe la autora noruega Herbjørg Wassmo en su novela La habitación muda, segundo volumen de su obra Trilogía de Tora: «Así era la ley del Pueblo: todo tenía que continuar como siempre. Los cambios repentinos eran mal recibidos. A la gente no le gustaban los cambios. Tora entendió que tenía eso en común con todos los demás isleños, que no soportaba los cambios bruscos que tornaban lo suyo aun peor de lo que había sido hasta entonces. Se dio cuenta de que proporcionaba cierta gran seguridad que los demás fueran grises y estuvieran desamparados. Las fatigas propias tenían mejor aspecto cuando la de los hijos del vecino eran peores». Si en la vida nos limitamos a juntar nuestras respectivas grisuras y a recrearnos en ellas, caeremos en un pozo negro muy tóxico, en lugar de cabalgar sobre un arco iris que sume todos nuestros colores, aproveche la parte buena de cada cual (no la parte chunga) y que nos haga avanzar afrontando los cambios como una oportunidad para ser mejores como sociedad.

Buenos días, John

Avería
Avería

«Todas las noches antes de acostarme, doctora, tengo un largo recuerdo hacia el abuelo alemán o sueco o danés al que van a parar los interminables intereses que abono y abonaré por este modesto micropiso do moro. Qué estará haciendo el jodío. ¿Verá la televisión, se recreará en el cielo estrellado sobre la bahía de Göteborg? ¿Dónde queda Göteborg? Me ha dado por pensar que el abuelo al que le completo la pensión de manera tan generosa es un viejo futbolista al que, por sentirle más cerca, vengo en llamar John Eljkaer Larsen; un veterano deportista retirado que arrastró sus botas y su cuerpo por ligas nórdicas de segunda división, y que ahora completa su ya de por sí generosa pensión con los emolumentos que recibe por sus inversiones en deuda de los países pobres del sur de Europa. De aquellos polvos en forma de generoso maná crediticio que se derramó sobre España vienen estos lodos. Y no es que me consuele éticamente ponerle cara a mi acreedor, pero estéticamente me gusta saber que el que engorda a la postre con mi trabajo no es un anónimo capitalista orondo, calvo, con bigote y gran puro, sino mi Eljkaer Larsen, tan poquita cosa. No sé si alguna vez le veré; supongo que cuando yo tenga setenta años, como él, seguiré pagando esta hipoteca… mientras los herederos de Larsen se habrán comprado con la herencia y el esfuerzo de mi trabajo una casita en Menorca, en donde espero poder pasar alguna semana de vacaciones antes de los próximos treinta años, con permiso del señor Euribor. Doctora, ¡viva el mal, viva el capital!»