Parece que ya llega

Hojas de arce
Hojas de arce

El arce del patio se ha ido coloreando de rojo y ofrece una belleza efímera que dará paso a la desnudez de sus ramas dentro de no muchos días. El cielo está plomizo, en un tono que invita a la melancolía. Le gusta ver la lluvia arrebujado en el sofá, debajo de la manta, y escuchar las gotas golpeteando contra el tragaluz de la habitación. Es lindo ir a comprar la fruta y verdura de temporada, decirle hola de nuevo a las mandarinas y a las setas, aunque este año la temporada va chunguilla por la ausencia de agua. Es divertido pensar en nuevos platos de cuchara, que es lo que pide el cuerpo, de esos para hacer en fin de semana y que aportan al cuerpo un dulce sopor que solo se recupera en una larga siesta. Comprar membrillo para hacer dulce y recordar a mamá, que lo bordaba. Fines de semana para quedar en casa, invitar a comidas o cenas, y levantarse pronto para hacer desayunos divertidos: a veces crépes, hoy magdalenas de chocolate. Recubrirse de varias capas antes de salir al frío de la calle en la nueva estación. Desear volver a casa para tomar un caldo calentito. Estar con quienes amas y sentir su calorcito, tan reconfortante. La vida sigue discurriendo, por encima y por debajo de los tontos titulares de cada día. Parece que ya llega. Le ha costado mucho este año de verano sin fin. Pero el otoño ya está aquí.

Castigados sin membrillo

Membrillos (bodegón de Mercedes Gallardo)
Membrillos (foto: Mercedes Gallardo)

Voy a retomar la escritura de este blog, porque sobran motivos para escribir, y porque hay gente que lo echa de menos. Me recordaba una amiga ayer, a través de un precioso bodegón que colgó en Facebook, que estamos en tiempo de membrillo, y yo, que aunque sea un ser de ciudad cuento el paso de las estaciones según las frutas van cambiando en los estantes, me he animado a que esta bitácora no decaiga (muchas gracias, Mercedes). Es tiempo de membrillo: creo que esta misma tarde compraré un kilo en el mercado, para hacer una buena fuente, al modo como lo hacía mi madre. Membrillo que me endulce en estos tiempos amargos, más amargos si cabe por quienes desencadenan fenómenos huracanados más destructivos que el ciclón Sandy, y que no pisan la realidad y solo la contemplan agazapados desde las frías estadísticas. Me refiero a algunos de los desalmados que nos gobiernan, a quienes parecen darles lo mismo las consecuencias de sus decisiones y de sus no decisiones: el incremento de parados, de desposeídos, de ciudadanos desahuciados, arrojados a los márgenes de la sociedad. Sí, estos seres gobernantes no se merecen membrillo, porque son unos desalmados, insisto, porque no tienen alma: que le pregunten a la célebre Mariló Montero qué fue de ella, en qué extraño trasplante perdieron el alma y la empatía, si es que alguna vez las tuvieron. El membrillo, para quien se lo merezca.

Tiene que llover

Duran
Duran

Tiene que llover a cántaros sobre la piel de toro. Para eliminar las boinas de suciedad y polución que se aposentan sobre las ciudades. Una lluvia suave y persistente a la vez, que elimine la contaminación acumulada en este cálido otoño. Y que luego salga el sol y blanquee la piel de toro, sin llegar a cuartearla. Un agua purificadora que, sobre todo, se lleve por delante los prejuicios que a estas alturas todavía existen entre las comunidades de esta antigua nación, una de los más viejas de Europa para tantas cosas. Los prejuicios entre norte y sur; entre este y oeste. Los prejuicios sobre los que cabalgan formaciones nacionalistas como la de Duran i Lleida, que acaba de cargar contra los jornaleros andaluces, una vez más, olvidándose de los millones de emigrantes andaluces, y de manchegos (mi padre entre ellos), y de gallegos, y de extremeños… que marcharon a Cataluña décadas atrás, sin cuyo trabajo y entusiasmo la industria catalana nunca habría podido desarrollarse. Y que se borren también los prejuicios que en muchas zonas y en muchas latitudes ideológicas se siguen teniendo hacia Cataluña, que ha sido siempre motor de España. Y que, tras la lluvia, la nación se funde sobre una defensa común de valores, y no sobre un conjunto de banderas desvaídas.