El blues de la piel de toro

Camarón
Camarón

Me caen muy bien los asturian@s. Son gentes nobles, llanas, trabajadoras, sencillas; buena gente. Es curioso, porque hay una cosa con la que muchos de ellos que conozco pierden su natural templanza. Sucede cuando les mientas la bicha de una empresa de bus que enlaza el Principado con otros puntos de la piel de toro; la voy a llamar La Compañía, no vaya a ser que de lo contrario atraiga el gafe o la mencionada compañía me mande correos con virus emponzoñados. Me pasó el pasado sábado. Tras una misión laboral concluida por la mañana, en Oviedo, tenía que regresar al Foro, pero no había combinaciones adecuadas de tren o avión. Alquilar un coche no me apetecía, porque ya estoy cansado de la brega laboral a estas alturas del año (y lo que te rondaré morena para lo que queda), así que opté por La Compañía. Y varios queridos compañer@s asturianos intentaron disuadirme, con cariño: “Estás loco; no sabes lo que haces; ¿pero cómo vas a hacer ese viaje bizarro…”. Pero seguí adelante con el plan. Total, si La Compañía y yo somos viejos conocidos de una larguísima estancia laboral mía en Galicia, años ha, en la que tenía el cuasi monopolio del transporte Lugo-Madrid-Lugo. Yo también acabé harto de La Compañía en aquel entonces, pero llevaba ¿doce años? sin subirme en uno de sus buses, y hasta me hacía ilusión. Ahora los vehículos de La Compañía ya no están llenos de humo de tabaco; llevan wifi y un monitor que te va mostrando la ruta que te queda sobre un mapa, como en los vuelos de larga distancia. En el bus íbamos apenas una decena de viajeros, que fueron/fuimos buena parte del trayecto dormidos, quizá soñando. Barrunto que hasta el joven conductor, que iba bien despierto, soñaba con encontrarse con su también joven amor, que le telefoneó en plena ruta y que le estaba esperando a pie de andén cuando aparcamos en la estación de Méndez Álvaro. Bueno, este también fue un modesto vuelo a ras de tierra, elevándose apenas un palmo sobre la Meseta después de atravesar las montañas astures, con una sintonía de fondo que, aunque no sonara, me acompañó durante las horas de este viaje que me trajo recuerdos de tiempos pasados: La leyenda del tiempo, de Camarón. El flamenco, el blues de la piel de toro: “El sueño va sobre el tiempo / flotando como un velero”.

Universo indiferente

Edadepiédrix
Edadepiédrix

Decía siempre Edadepiédrix que vivimos en un universo indiferente al sufrimiento humano.  “¿Y Dios, dónde está dios?”, bramaba desde que los romanos nos expulsaron de nuestra querida aldea gala en el noroeste de la Galia (no podía estar en otro lado) y tuvimos que decirle adiós a nuestros pastos, a nuestros ríos y a nuestros montes, y venirnos pa España. Él siempre temió una cosa, una sola cosa (que no eran precisamente ni que nos cayera un pepinazo de coreadelnortecoreadelsur o que los especuladores se merendaran la economía de nuestro país de adopción, no). Su única preocupación, su único temor, como buen galo, era que el cielo se desplomabara sobre su cabeza. Todo el santo día estaba con la misma cantinela. Vivía acongojado y acojonado incluso, con una cara de susto y de espanto que ni siquiera se le pasaba cuando representábamos nuestros locos espectáculos enfrente de los niños. Bueno, no es que tuviéramos el tirón de los cantajuegos, pero teníamos nuestro público. Y hete aquí que llegamos a hacer unos bolos a Oviedo, en plena cornisa cantábrica. Estábamos tomando unas sidrinas afuera de un chigre (El Llagar de Carmiña se llamaba) y, ¡pumba!, un cacho de cornisa del edificio colindante, que no había pasado la ITE, le pegó en tó lo alto a Edadepiédrix. Fue una muerte fulminante, oiga, y, créame, se le dibujó una sonrisa en el rostro. Al final resultó que el cielo se le desplomó sobre la cabeza. Yo creo que fue una especie de acto de justicia poética la manera que tuvo de morir el probe.