Confusión alfanumérica

El móvil
El móvil

«Mi empresa me cambió el móvil corporativo, como se dice ahora, y durante los primeros días anduve feliz. Es de estos modernos, muy chulos, con una tocha pantalla táctil, que puedes toquetear permanentemente con un lapicerito o ¡ayyyy! con las yemas de los dedos; qué excitante. Sólo le faltan dos cosas al/la pobre: hablarme al oído, motu proprio -susurrarme mejor-, y dominar alguna especialidad repostera: la crema pastelera, por ejemplo. Anduve feliz, repito, sobre todo porque el recién estrenado cacharro, a diferencia del teléfono anterior, no me daba mucha lata. Apenas sonaba a horas intempestivas, ni me sobresaltaba con eseemeeses inoportunos de mis superiores, con órdenes imposibles e incluso contradictorias. Hasta que descubrí que algo funcionaba mal en el aparato, y mi actual mujer se agarró un gran mosqueo, porque desde el nuevo terminal le llegaban llamadas mías que yo juraría no haber hecho, con conversaciones extravagantes de fondo. Y pasadas novias también se alarmaban (o se alegraban, depende) al recibir llamadas que yo tampoco creo que quisiera hacerles. Antes de que la confusión fuera a peor, por fin se descubrió que el origen de todo el jaleo estaba en un  equivocado código alfanumérico que portaba el móvil, y que detectó a tiempo un informático de mi empresa. Ahora estoy pendiente de que ese informático tan avispado le pueda hacer un chequeo a mi mente, porque yo creo que también arrastro algo raro en mi propia configuración alfanumérica.»

Mi marido no me toca

Dedos
Dedos

«Mi marido no me toca. Ni me roza siquiera. Al soso ése lo único que le apasiona es la electrónica, la informática y la domótica. Qué pirado. Sus dedos sólo se posan sobre las pantallas táctiles de los innumerables cacharros que se va comprando: primero un monitor de no sé cuántas pulgadas; luego un teléfono de última generación; a continuación una nevera con un plasma integrado; más tarde el condenado GPS para el coche, que no para de hablar… Sólo tiene ojos y dedos para sus paridas electrónicas, en las que se gasta un dineral, y a mí me tiene abandonada. Lo he pasado mal, pero últimamente estoy mejor. Se le averió uno de sus jodidos juguetes y vino a revisarlo a casa el técnico de la compañía. Él tontolculo de mi marido no estaba, y me pude deleitar con el mimo con que el especialista reparaba el aparato aquel. Las yemas de sus dedos empalmando cablecitos y soldando circuitos integrados, sus manos ágiles enroscando tuerquecillas. Me volvió loca. Desde aquella visita me dedico a provocar averías en los putos cacharros de mi por -poco tiempo- todavía esposo, para que el técnico tenga que volver una y otra vez.»