Oído ayer

Protesta en Madrid
Protesta en Madrid

El presidente del Gobierno dijo ayer en la homilía de clausura del congreso de exaltación del PP mantenido en Sevilla: «A todos los españoles les quiero decir que esta es una reforma justa, es buena para España y es necesaria. Es la reforma que España necesita para evitar que seamos el país de Europa que más empleo destruye (…) A los que protestan les digo: ¿saben que hay madres solas haciendo milagros? ¿Saben que hay padres de familia que ya ni imaginan cuándo trabajarán de nuevo? ¿Qué hacemos frente a ese desaliento?». A esa misma hora más o menos, en la protesta de Madrid contra la reforma laboral, yo escuchaba el siguiente testimonio de un manifestante: «Se han quedado los dos en paro en esta crisis. No tienen ni un duro, ni para darle de comer a su hijo de tres añitos. El otro día les vi y se me partía el alma porque llevaban tres días dándole arroz recocido al niño. Tres días comiendo el mismo arroz recalentado. El niño no lo quiere ni probar. El padre dice que ha pensado en el suicidio. Pero dice que eso no es lo más grave de lo que ha pensado, sino de que se arrepiente de haber tenido un hijo. Y se siente más culpable de eso que de pensar en quitarse la vida».

Inteligencia colectiva

Sol
Sol

Decenas de jóvenes acampan en la Puerta del Sol y en otras plazas españolas desde hace días y van a prolongar su estancia a cielo abierto en Madrid hasta el próximo domingo. Han colgado sus proclamas de protesta por todas partes -hasta en las portadas de la prensa internacional- y han hecho aflorar un movimiento subterráneo, dándonos a propios y extraños una bofetada de realidad. Si visitas el lugar constatas lo bien organizados que están, con diferentes comisiones que abarcan el funcionamiento de su pequeña ciudad: desde la comisión de abastecimiento, a la guardería, pasando por la imprescindible de relación con los medios de comunicación. Detrás de ellos late una poderosa inteligencia colectiva, una intendencia que aprovecha todo el potencial de las redes. Muestran sus anhelos y sus sueños y, como se ha escrito estos días, nos han hecho un poco más viejos a los demás con sus reivindicaciones, algunas más utópicas, otras perfectamente realizables. En 1879, en una taberna de ese centro de Madrid tomado por los indignados del siglo XXI, un grupo de obreros quizá también indignados entre los cuales abundaban los tipógrafos -heraldos de las artes gráficas- creó el PSOE de la mano de Pablo Iglesias. Más de cien años más tarde, a escasos metros de distancia de aquella taberna ha surgido un movimiento que no se sabe muy bien en qué va a terminar, pero de cuya organización y de cuyas ilusiones pueden aprender mucho los partidos clásicos, los de izquierda sobre todo, si no quieren quedarse caducos. La izquierda no debe limitarse a gestionar lo que hay: ha de aspirar a gestionar lo que debería haber.