Repugnancia

Bandera libia
Bandera libia

El régimen de Libia era una tiranía, una farsa en manos de un déspota al que, ¡ay!, Occidente le rio las gracias durante varias décadas. Solo cuando, al hilo del contagio de la primavera árabe, el dictador se pasó de vueltas y empezó a masacrar las revueltas, solo entonces Occidente decidió intervenir para poner fin a la farsa, algo posiblemente necesario para que el sátrapa no se perpetuara en el poder otros cuarenta años (con la misma risa bobalicona occidental). Pero se debería haber garantizado la captura en vida de Gadafi, y haber evitado lo que se asemeja demasiado a un cruel linchamiento y posterior distribución propagandística de la imagen su cadáver. El villano tenía que haber sido conducido a un tribunal de Justicia, para responder de sus crímenes, como cualquier mortal. Para que fuera juzgado con todas las garantías, precisamente las garantías que nunca tuvieron sus detractores. Porque lo que ha ocurrido ha sido, simplemente, repugnante, una repugnancia por cierto exhibida una y otra vez, pareciera que con cierta delectación, por las cadenas de televisión de todo el mundo. Una barbaridad más en una cruenta guerra tras cuyo inminente fin el objetivo debe ser establecer una democracia que vele por la justicia social, el desarrollo de la sociedad aprovechando los grandes recursos del país y la igualdad de los derechos de la mujer. Si no se avanza en esa dirección, lo de Libia seguirá siendo una tragicomedia que se seguirá desarrollando, a escasas horas de aquí, ante nuestra indiferencia. El Occidente que se implicó en poner fin a la tiranía debe involucrarse ahora en el futuro democrático de Libia.

Revuelta doméstica

Nevera
Nevera

Tuve noticias de que se me iba a montar una revolución en el patio de atrás y, como no lo tengo en esta microvivienda, las tensiones se han trasladado a la cocina. La tostadora no para de escupir panes requemados contra el lavavajillas, que a su vez produce grandes cantidades de espuma asfixiante sin depurar que están a punto de cortocircuitar la nevera; ésta, mientras, ha creado en su inmensa perversidad unos hielos afilados que están rayando la vitrocerámica, que está alcanzando unas temperaturas infernales para fundirlo todo, siguiendo el viejo adagio de “de perdidos al río” (o “from lost to the river” parece ser que ha dicho a sus ex colegas de cocina, chapurreando algo de inglés teniendo en cuenta que todos son made in korea). Por lo que me dicen mis informadores apostados entre los tarritos de especias de los estantes superiores -porque yo tengo miedo de mirar dentro del cuarto, no vaya a ser que me salpique la sangre de la escabechina- lleva las de ganar la lavadora, que conoce al detalle los trapos sucios de tod@s. Y ya se sabe que la información es poder.

Cementerio para elefantes tiranos, ya

Elefante
Elefante

Cuando los elefantes tiranos están en el poder, acostumbran a dar muchas, muchas patadas por debajo de la mesa. Por encima de la mesa suelen sonreír con sus cerúleos rostros de esfinge, sobre todo en encuentros oficiales con otros mandatarios occidentales que nunca les han hecho demasiados ascos y cuando estrechan con sus manos de manicura las manos de los gerentes de los bancos en los que depositan el dinero que han trincado durante largos años de rapiña. Pero por debajo de la mesa no paran de patalear, y no precisamente de forma inocente y traviesa. Cada vez que patalean, apachurran bajo sus pezuñas las ansias de libertad y democracia de muchos de sus compatriotas. Ha ocurrido durante mucho tiempo con el elefante que vivía en El Cairo. Ocurre a veces, aunque no en todas las necesarias, que los paisanos del elefante se hartan de él, y patalean más y más fuerte hasta que consiguen echarlo. Ha pasado en Egipto. Antes en Túnez. Y quizá siga ocurriendo con otros elefantes de otros tantos países árabes. El sonido de las pisadas del elefante, que era tan estruendoso y que daba tanto miedo, se ha ido alejando, desvaneciéndose poco a poco, hasta desaparecer. Las pisadas del elefante serán una posible fuente de pesadillas nocturnas para los niños y niñas de este país, de pesadillas que sus padres tuvieron que padecer en vida. Como esta ola de revuelta árabe siga, van a tener que ir pensando las naciones del mundo en dedicar un gran terreno en algún desierto ignoto para que todos estos elefantes tiranos se pierdan en él, no sin antes rendir cuentas ante la justicia.