Parte izquierda, parte chunga

Oreja izquierda
Oreja izquierda

«Los seres contemporáneos que son/somos tan modernos y andan/andamos todo el santo día con el teléfono móvil colgado de la oreja izquierda, experimentarán/experimentaremos algún tipo de mutación en el lóbulo también izquierdo del cerebro (mi hija le llama celebro y dice que está hecho de tuétano), el más cercano a la catarata de mensajes que se reciben día tras día a través del aparatejo inalámbrico? Por ahí penetran en nuestro organismo toda clase de códigos cifrados y sin cifrar, mensajes públicos y privados, comprensibles e incomprensibles; entran órdenes y, ¡ay!, contraórdenes. De cuando en cuando me apalpo esa parte izquierda del cráneo para detectar si se ha producido algún tipo de hundimiento o reblandecimiento como consecuencia de las psicofonías y cacofonías que sufre esa parte del organismo, y de momento no he notado nada, doctora, pero todo llegará.»

Confusión alfanumérica

El móvil
El móvil

«Mi empresa me cambió el móvil corporativo, como se dice ahora, y durante los primeros días anduve feliz. Es de estos modernos, muy chulos, con una tocha pantalla táctil, que puedes toquetear permanentemente con un lapicerito o ¡ayyyy! con las yemas de los dedos; qué excitante. Sólo le faltan dos cosas al/la pobre: hablarme al oído, motu proprio -susurrarme mejor-, y dominar alguna especialidad repostera: la crema pastelera, por ejemplo. Anduve feliz, repito, sobre todo porque el recién estrenado cacharro, a diferencia del teléfono anterior, no me daba mucha lata. Apenas sonaba a horas intempestivas, ni me sobresaltaba con eseemeeses inoportunos de mis superiores, con órdenes imposibles e incluso contradictorias. Hasta que descubrí que algo funcionaba mal en el aparato, y mi actual mujer se agarró un gran mosqueo, porque desde el nuevo terminal le llegaban llamadas mías que yo juraría no haber hecho, con conversaciones extravagantes de fondo. Y pasadas novias también se alarmaban (o se alegraban, depende) al recibir llamadas que yo tampoco creo que quisiera hacerles. Antes de que la confusión fuera a peor, por fin se descubrió que el origen de todo el jaleo estaba en un  equivocado código alfanumérico que portaba el móvil, y que detectó a tiempo un informático de mi empresa. Ahora estoy pendiente de que ese informático tan avispado le pueda hacer un chequeo a mi mente, porque yo creo que también arrastro algo raro en mi propia configuración alfanumérica.»