Pringaos, que sois unos pringaos

Corbata
Corbata

«Agente, aquí Cleofás Cista, viejo conocido de Dios y de usté. Vengo a vocear a los cuatro vientos que aquí hay que trincar y chulear con clase, tó trajeao y encorbatao. Me relamo de gusto, agente, cuando para más inri (o para más enri), encima veo al que nos perseguía, el tal Garsón, prácticamente enchironao y apresao. La próxima vez que vaya al sastre me voy a encargar unas puñetas como las que luce el pavo ese, que me van a quedar a las mil maravillas con el traje de 1.000 euros. Pringaos, que sois tós unos pringaos; que no se os ocurra robar un día una gallina para alimentar a vuestros hijos, que pasaréis 65 años en el trullo. Agente, para iniciar un proceso de beatificación y próxima santificación celestial, tras la intolerable mortificación a la que han sido sometidos algunos de mis correligionarios (o es correlegionarios), ¿es usted el indicao, o le tengo que poner un imeil a alguna otra instancia espiritual o celestial? [El infierno es para los pobres y los de clase baja y a los de alta cuna no nos interesa, porque no tiene pinta de que ahí abajo haya tiendas de lujo.]»

El robot

Robot
Robot

«Me compré, doctora, un robot limpiador para que me hiciera compañía. Desaparecida mi familia y los pocos seres que me querían (ahí todavía le incluyo a usted, que sigue escuchándome con suma paciencia mientras me tiendo en en el diván) necesitaba sentir la presencia de algo o de alguien. Y de repente vi en el periódico que también me acompaña desde que era jovencillo una promoción de cupones para conseguir un robot limpiador. Cuando reuní la cartillla y fui a recogerlo, me sentí como un niño con zapatos nuevos. Fue llegar a casa, sacarlo de la caja y ponerlo en funcionamiento, y la dicha fue completa. El robot iba limpiando y encerando toda la casa, en una rutina diaria que parecía no causarle ningún quebradero de cabeza, justo lo contrario de lo que me sucede a mí. Un día le puse un palo y unos ropajes; con una calabaza de juguete le monté una cabeza. Desde ese momento el robot y yo nos damos largos paseos por la ciudad, él limpiando y encerándolo todo, y yo dándole conversación. A veces me lo bajo a Madrid Río, y el robot se ríe (digo yo que se ríe, porque se le encienden todos los pilotos luminosos de golpe) dando sustos a los ciclistas y tirándose al agua para jugar con los patitos del Manzanares, a los que se empeña en abrillantar las plumas. Pegando la hebra con él me doy cuenta de que en las calles hay una plaga de robots que no son tan listos como el mío, doctora, do quiera que uno mire, aunque vayan con traje y corbata y hablen por el móvil.»