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La isla infinita

Un rincón del parque de Anaga

Un rincón del parque de Anaga

El mundo vertical está plagado de simas, barrancos y cumbres. Hay planicies, sí, pero son apenas un suspiro y un señuelo en este universo vertiginoso. De la inhóspita cima del rey de los volcanes a las exuberantes selvas del noreste: bravos contrastes sin fin en un territorio en apariencia tan pequeño para los que venimos de los viejos reinos peninsulares. Mares embravecidos, olas que agitan la costa. Vientos alisios que no superan la muralla de montañas. Cielos nublados, panza  de burro, y apenas unos kilómetros más abajo un sol deslumbrante. Comarcas del norte insular que se asemejan en su verde al verde del norte peninsular. Flores nunca vistas, frutas de sabores que no tienen nada que ver con lo que encuentras en los mercados de la capital. Papas de todos los colores, pescados de nombres exóticos que solo se pueden capturar en aquellos mares. Gentes tan dulces y amables como Marina y Paul, que nos acogen a mí y a Estrella en su casita encantadora, en la que uno duerme con la puerta abierta y el perfume de la higuera del jardín como mejor compañía e insuperable abrigo. Lugares que fueron escala final hacia América, y puerta de entrada en Europa de mercancías y gentes de allende los mares, en un flujo incesante, un ir y venir entre los dos mundos.Una ciudad que fue modelo para otras muchas que se fundaron luego en América Latina. Sol, agua, brumas, tierra, salitre. Para tener unos límites tan definidos por el mar y las olas, Tenerife, la isla infinita, no acaba nunca de conocerse.

 
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Publicado por en 22 agosto 2017 en Historias reales

 

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Veraneos del 127

Un Seat 127 naranja

Un Seat 127 naranja

Recordaba en una conversación de ayer los veranos en los que las familias trabajadoras de Madrid descubríamos la playa tras largos viajes por las carreteras de los años 70, embutidos en los coches de la época (en mi caso, en el Seat 127 de mi padre), con yo y mis hermanos amontonados en el asiento de atrás y sin cinturón de seguridad. Aquellos años felices plasmados en fotos que han virado a sepia y en las que por desgracia ya hay ausencias, aquellos tiempos despreocupados de la infancia, cuando todo parecía al alcance de la mano. Un poco de agua, de sal, de sol y de arena de mar durante los quince días del apartamento en Fuengirola daban para calentar el cuerpo todo el año, con mi madre embadurnándonos el cuerpo de cremas para que no nos quemáramos con el rey sol; lo que yo hago ahora con mi hija. Me acuerdo ahora de nuevo con nostalgia de aquellos tiempos, justo esta mañana cuando acabo de dedicarme a uno de los mejores momentos del día: el riego de las plantas en esta casa tan linda, cuando intento repartir agua y cariño entre las macetas, viendo cómo se empapa la tierra que luego impulsará la vida a seguir medrando. Si solo necesitamos un poco de sal, sol y agua para vivir, bienes que son gratis y abundantes, ¿por qué la vida se muestra tantas veces tan avara con tanta gente?

 
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Publicado por en 21 julio 2013 en Historias reales

 

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Tiempos cortos

Cambio horario

Cambio horario

Me he levantado y he buscado por toda la casa todos los relojes para atrasar una hora su tiempo. Por decreto. El horario de verano da paso al de invierno. Estaban todos metidos en la nevera, en donde se habían refugiado con la esperanza de quedarse congelados, pero no lo consiguieron y los hallé a tiempo. Me quedó uno, el maldito de bolsillo que siempre se esconde porque es el más rebeldón y se niega a estas manipulaciones, pero al final di con él. Mientras atrasaba los relojes reparé en que, en la historia humana, la hora siempre la marca la manecilla más corta, esto es, las más idiota, y por tanto la más manipulable. Oséase, insisto, que esto que hemos convenido en llamar vida está dirigida por la manecilla corta, la que tiene menos miras. Esto explica muchas cosas. A la manecilla larga, la más avispada, no hay dios que la gobierne. Y esos sesenta minutos que hemos vuelto a ganar de madrugada han vuelto a ser un contenedor de sueños, y de pesadillas. Buenos días.

 
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Publicado por en 30 octubre 2011 en Actualidad, Historias reales

 

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