Imágenes mezcladas

Cámara
Cámara

«Doctora, encontré en el banco de un centro deportivo una cámara de fotos olvidada, metida en su funda. Nunca quise quedarme con ella, pero antes de devolverla no pude resistirme a echar un vistazo a las fotos acumuladas en su interior. La curiosidad y el deseo de echarle un ojo a la vida de al de al lado es un deseo invencible, y por eso triunfan estas cosas de las redes sociales. Podría decir que las fotos de la cámara aquella estaban divididas en dos mundos: aparecían por un lado rostros y gentes de otros lugares; inmigrantes trabajando en España, sin duda. En otro estaban retratadas gentes pudientes de un hogar acomodado con aspecto de estar enclavado en una zona pija de la ciudad, a quienes los primeros parecían servir. Había incluso un tercer grupo de fotos en las que ambas realidades estaban mezcladas: imágenes de momentos compartidos, de niños españoles de clase bien con sus cuidadores extranjeros. Quizá eran fotos que los dueños de la cámara habían hecho para enviar a parientes del otro lado del océano, para enseñarles dónde viven, a qué se dedican, a quién sirven. Cuando salí del complejo deportivo, deposité la cámara en el control de acceso, con la confianza de que los dueños de las realidades retratadas en la memoria de las fotos se reencuentren con el aparato que las inmortalizó. Mientras estuve cotilleando las fotos, una cámara de seguridad del recinto me grabó, y fui observado por el guardia de seguridad al que luego entregué la cámara encontrada. Y escribí esto que quizá nunca vayan a leer los pijos retratados en las fotos, o sus sirvientes, y que ahora le estoy contando, doctora.»

Presunto humano

Calamar
Calamar

Están ahí, plácidos y apilados en los estantes de la pescadería, rodeados de hielo, durmiendo un sueño eterno tras salir de los mares, pero vivos son terroríficos. Voraces hasta la saciedad, se atacan incluso entre ellos con gran ferocidad. Un documental sobre su vida da verdadero miedo por mucho que estés parapetado tras el sofá. No hace mucho rajé uno en mi cocina antes de hacer un arroz y dentro llevaba un pescado que los jugos gástricos habían comenzado a digerir; parecía una sardina. Son los calamares. En algunas zonas de España su nombre se usa también como insulto para despreciar a quien se lo merezca: «Menudo calamar». Esto se le puede aplicar a muchos seres humanos, calamares en realidad, como el calamar carnívoro (todos lo son) que se llevó por delante la vida de ochenta personas en Noruega hace una semana. Presunto criminal, presunto humano, verdadero calamar voraz sobre el que merece caer todo el peso justiciero del agua del océano.

Blanco y negro

Adiós, Colombo
Adiós, Colombo

Algún día le contaré a mi hija que la tele con la que yo me crie tenía solo dos canales: VHF y UHF, la primera y la segunda, en blanco y negro. Ahora tenemos cuatrocientos mil canales, tele por Internet y por el móvil, muchos colorines por todas partes, y a veces no hay muchas cosas que merezcan la pena. Por delante de nuestros ojos de niños y luego de adolescentes fueron desfilando series legendarias: La abeja Maya, Mazinger Z, La Bola de Cristal, M*A*S*H, Colombo Algún día le contaré a mi hija que los niños de antes viajábamos con nuestros padres comprimidos en las vacaciones de verano en unos coches diminutos, como el 127 que tuvo su abuelo, con rumbo a destinos turísticos lejanos y exóticos en aquel entonces para los niños de Carabanchel Alto, como Fuengirola. Que no teníamos consolas de videojuegos, ni teléfonos móviles, ni ordenadores. Ni habíamos montado en avión. Que jugábamos en calles de barrios humildes en los que apenas había coches. Que quienes para ella somos personas mayores formábamos parte de un decorado que ya no existe, y que, aunque eran tiempos de blanco y negro, podíamos ser felices.