Testigos

Jorge Semprún
Jorge Semprún

Todo hombre, toda mujer, es un testigo de su tiempo, una memoria de lo que ha vivido para los que vendrán detrás. Cuando uno va llegando a una edad, comienza a notar de manera más especial la marcha de los predecesores. En algunos casos, los padres, los tíos, los seres que te han acompañado en tu camino vital. En otro, las personas que han construido este ser colectivo que es España, con todas sus alturas y sus bajuras. Nunca he leído ningún libro de Jorge Semprún; lo reconozco no sin cierta vergüenza, sí artículos o declaraciones, pero nunca ningún volumen. Y eso que su figura me atrae desde hace mucho tiempo. Prometo hacerlo. Porque es el mejor homenaje que se le puede rendir a un autor: que su obra siga viva a través de sus lectores, especialmente las vivencias de una persona íntegra como él, que conoció como nadie, en primera persona, los horrores que puede engendrar la mente humana, y que supo también de lo cruel que esta patria puede ser con sus hij@s.

Realidad micro

Leonard Cohen
Leonard Cohen

Sí, la realidad más cercana está a un brazo de distancia. Tu casa, tu hipoteca, tu amor, tus hijos, tu trabajo o la cola del paro. La realidad micro de cada cual, el día a día en el que tod@s nos devanamos los sesos. Es peligroso confundir tu mundo con el mundo. Y buscar a toda costa gestionar lo macro olvidando lo micro. Pensar que lo que está explícito en nuestras vidas está implícito en la vida de los demás, como viene a decir el escritor norteamericano Richard Ford en el libro que le dedicó a su madre. Creer que todo el mundo vive igual que tú. El flamante premio Príncipe de Asturias de las Letras, Leonard Cohen, declaró hace muchos años que lo peligroso de vivir en permanente gira y de alojarse en hoteles de lujo es creer que todo el mundo vive de la misma manera, en hoteles de lujo. Un riesgo grande para un cantautor que intenta narrar lo que pasa en el mundo, indicaba el gran artista canadiense. Cuando la realidad es que la gente lo hace agobiada en microviviendas con macrohipotecas, intentando ser felices.

Luciérnagas

Luciérnaga
Luciérnaga

«Nunca he visto una luciérnaga. Tengo ya una edad; casi que estoy en el ecuador (supongo) de mi existencia (según las estadísticas), pero todavía no he alcanzado a admirar su fulgor, su brillo en una noche oscura, su guía luminosa. Tampoco me he adentrado en un bosque en una noche cálida a ver si me topo con alguna, y está claro que por su gusto no me van a salir al paso a saludarme, así que tendré que esforzarme. Otras cosas las he visto ya y, bueno, en algunos casos ha merecido la pena la espera; en otras, pues tampoco era para tanto; luego hay ocasiones que se ha presentado algo inesperado cuyo resultado ha sido sorprendente. Pero las luciérnagas… Nunca he visto ninguna, y espero que no tenga que morime sin verlas, así que perseguiré lo que se parezca a un fulgor o a un brillo iridiscente, a ver si es una de ellas.»