Un volcán bajo los cimientos

Techo del hemiciclo
Techo del hemiciclo

Hoy un diputado ha insultado gravemente a un ministro del Gobierno de España, disparando en el hemiciclo una tensión insoportable. ¿Ha reparado este diputado en la imagen pública que actitudes como la suya producen, minando por completo la confianza de los ciudadanos en la política? ¿Le importa algo? En otras ocasiones son otros los que vierten sus porquerías. Deberían sobrar los exabruptos y las palabras gruesas en el que algunos llaman templo de la palabra. Porque la imagen que se traslada a la sociedad es penosa, porque se alimenta un caldo de cultivo ideal para para la propagación de populismos y extremismos.

He escrito muchas veces que la política interesa y es noticia cuando es escándalo y es bronca. Los medios también tendrían que reflexionar. Porque no es normal que el debate de esta mañana en los mentideros mediáticos fuera si hubo escupitajo o no al ministro Borrell.

En el solar que ocupa el Congreso de los Diputados había un monasterio, el convento del Espíritu Santo. Hoy parece, más bien, que bajo esos cimientos se esconde un volcán de lava ardiente cuyas fumarolas tapan todo el trabajo que se lleva a cabo en esta Cámara en beneficio de la sociedad a la que se debe y que es fuente de su legitimidad.

Calmas y deseo

El Hierro
El Hierro

En el fondo del llamado Mar de las Calmas se está formando un volcán. Los conocedores de ese misterioso mundo calculan que la criatura ya se alza cien metros sobre el cierre de un valle submarino hasta entonces apacible, en el que posiblemente solo se internaban las especies pelágicas, si es que osaban ir tan abajo porque se olían que algo iba a ocurrir. El volcán no para de convulsionarse y retorcerse, y sus requiebros están meneando la cercana isla de El Hierro, que (¿pronto en términos geológicos?) tendrá un hermanito en forma de islote. Está dibujando una larga lengua de lava, en el fondo del mar, valle abajo, a modo de la placenta con la que todos venimos al mundo. Se agita y escupe; seguro que cuando termine de redactar estas insignificantes líneas habrá engrosado su tamaño unos milímetros más. Es una formidable corriente de energía submarina acompañada de olor a azufre en la superficie, el aroma del demonio. En el fondo de la piel, de cualquiera de nuestras pieles por muy en calma que estén, también laten deseos que se alzan sobre valles.

La balsa de piedra

Balsa de piedra
Balsa de piedra

La estupenda idea de que España, ante la crisis de la nube volcánica, actuara como plataforma de vuelos transoceánicos que hiciera posible que los ciudadanos de otros países pudieran volar al menos hasta la piel de toro, para desde aquí retomar el viaje a su destino por otros medios, no hace sino confirmar el carácter de cruce de caminos de esta península que José Saramago describió como “balsa de piedra” en su libro homónimo. Nuestro país se construye sobre un armazón de mezclas de culturas y civilizaciones; así ha sido a lo largo de los siglos, y así debería seguir siendo. Somos el hogar de tantos pueblos que recorrieron Europa, que la galoparon y se detuvieron al topar con este finisterre en aquel tiempo, este fin del mundo del orbe entonces conocido. Y aquí se quedaron, y sus genes se entremezclaron y siguen galopando por nuestros cuerpos: para comprobarlo sólo hace falta salir a la calle para reparar en la variedad de nuestros rostros. Somos grandes en nuestra diversidad, una -sin duda- de nuestras riquezas.