Supongo que le ocurre a cualquiera que estos días se pone delante de un folio en blanco, una experiencia tan aterradora. ¿De qué escribir, si se tienen tantas cosas que contar, pero son todas tan siniestras, para qué dar la lata y amargar a quien te lee con este nubarrón que tenemos todos en la cabeza? Cuesta, mucho, cuando se ve todo tan negro a pesar de esta luz radiante de primavera que entra por todos los rincones de la casa. Incluso en esta casa soleada, con patio y azotea, en la que hay tantos dibujitos de brujas, con decoraciones también de brujitas buenas que trepan por las paredes, pero que no dan miedo. Dice mi hija que asusta más la realidad, y razón no le falta a la pequeña. Ahí fuera están pasando cosas tremendas y cuesta, cuesta mucho tirar para adelante. Pero hay que hacerlo, porque con las noticias que caen cada día de las portadas de los periódicos y de las ondas radiofónicas dan ganas de meterse en la cama, debajo del edredón nórdico o de la colcha de primaveraverano, y echarse a dormir unos cuantos años (si es que se puede) mientras las brujitas que decoran las paredes de este hogar velan los sueños. Venga, que no, que no nos van a vencer. Tirar, tirar palante, que la vida sigue y los sueños no siempre se pueden alcanzar, pero en el camino de alcanzarlos uno puede experimentar grandes cotas de felicidad. No están los tiempos para pensar qué ocurrirá dentro de un año, o de dos… Pero sí para tratar de conseguir que el mañana sea un poco mejor que hoy. Pasito a pasito se hace el camino y pueden cambiarse muchísimas cosas con empeño e ilusión, como demuestra el actor Asier Etxeandia, vecino de este barrio de Usera en el que habito, en una maravillosa función teatral, El Intérprete, muy recomendable para todo aquel que necesite un chute de energía extra para tirar para adelante.
Sin billete de vuelta
Una legión de españoles se está marchando allende las fronteras de la patria, o de la matria, a buscarse la vida donde pueden. Es lo que se ha venido en llamar exilio económico, ya no por las cuestiones políticas que trasterraron a tantos compatriotas bajo los años de plomo del franquismo, pero sí por cuestiones sociolaborales. Se van fuera, porque ya ni siquiera se puede emigrar dentro del país como hicimos muchos hace no tantos años: yo me moví de mi ciudad, de mi Madrid, con veinteymuypocos años, a otra comunidad, para trabajar en donde aquí no podía hacerlo, y luego pude regresar. Mis padres y mis tíos también fueron trabajadores emigrantes. Este exilio de ahora es diferente, y está expulsando a familias enteras fuera de España. Jóvenes en muchos casos, pero también ya no tan jóvenes. Gentes con experiencia y formación de sobra, hartas de que en sus ciudades les den con la puerta en las narices una y otra vez. Se están yendo posiblemente algunos de los mejores, para labrarse en otra parte el futuro que aquí no encuentran. Aportarán lo mejor de la España que llevan dentro, para construir fuera el país que no pueden levantar aquí. Llevan un billete de ida, solo de ida, porque la vuelta no está garantizada.
Cuento pascual
«Dejando deambular su mirada entre la multitud agolpada en las calles de cualquier ciudad de cualquier Semana Santa en España, el Nazareno se topó con aquellos ojos que observaban desde abajo el paso procesional que lo llevaba al monte del calvario: unos ojos escondidos entre el gentío gris, pero refulgentes como dos gemas en la noche. Condenado a muerte por el poder gobernante, el Nazareno supo que era peor el destino que le esperaba: el de quedarse pronto ciego tras haber descubierto aquellos ojos piadosos, profundos, majestuosos, que le concedían un perdón eterno y en los que él podría haber encontrado cobijo de por vida. Pero ya era tarde, y la última estación le aguardaba, privado como iba a estar un poco más tarde de aquellos ojos.»
¡Toc, toc! Ejem, perdone usted la intromisión, narrador ominisciente. Pero es que no soy yo creyente y los capirotes y demás fantasmagorías de estos días me dan más miedo que otra cosa desde que era pequeño. El caso es que me ha gustado el arranque de esta historia: el encuentro del Nazareno con esos ojos, y la angustia más profunda de saber que jamás los volvería a ver. Pero, ¿y si la historia, por una vez, cambiara y tuviera otro desenlace, más terrenal? Déjeme la pluma, que voy a escribir yo el final del relato del Nazareno con esos ojos. Permítame:
«”Encuentro esos ojos y me quedo sin ellos, y el que dice ser mi padre me dice que no me atormente más, que me promete una vida eterna después del calvario”, caviló el Nazareno. “Pues mira, papi, hasta aquí hemos llegado: no quiero ninguna vida eterna si no voy a ver más esos ojos. Anda y búscate otro perrito que te ladre, pater, que me apeo del paso pero ya”, concluyó sin más vacilaciones. El Nazareno cobró vida real, se incorporó del paso, soltó el lastre de la cruz y saltó al asfalto. La multitud de fieles que seguía la procesión, que tanto decía quererle, huyó despavorida sin decir amén. “Anda, la hostia, tanto me quieren y se piran corriendo. No hay dios que entienda a estos pav@s mortales”, repensó. En pie frente a él, escrutando el silencio para su felicidad, solo se mantuvieron aquellos ojos redentores.»
¿Y si las cosas no hubieran sido como nos las contaron?
Ahora que todo es tan cambiante, y que realidad está sometida a una tensión permanente, ¿y si las cosas no hubieran sido como nos las han contado? ¿Cuántas mentiras nos cuentan y contamos para no volvernos locos y poder seguir viviendo? ¿Cuántos lugares comunes se han perpetuado a través de los siglos y forman parte de nuestro imaginario colectivo? Estas son las preguntas que subyacen bajo la función Claudio, tío de Hamlet, de Rajatabla Teatro, representada estos días en el emplazamiento provisional de mi querida sala Kubik Fabrik en el Matadero, de Madrid. La obra, en genial interpretación de Ernesto Arias, Eduardo Mayo y Verónica Ronda (tres actores, solo tres actores sobre los que se sostiene todo un universo), pone el foco en el personaje de Claudio, el asesino de su hermano el rey Hamlet, y tío del hijo del mismo nombre, para lanzar esos interrogantes sobre un personaje que Shakespeare describió como ambicioso, envidioso y celoso, pero que en esta obra se enfrenta a una nueva óptica: la de quien comete ese crimen para librar a su pueblo de un mal mayor, pues “no se puede obrar justamente con quien es injusto”. Claudio abre, así, un tiempo para la reflexión, y tras hora y media de espectáculo sale uno con las neuronas calientes y la sonrisa en los labios. Por fortuna, Kubik Fabrik volverá pronto a su sala habitual en Usera, una vez felizmente superados los problemas de licencia después de la ímproba tarea de Fernando Sánchez-Cabezudo, su director, del resto de la entusiasta tripulación de este gran proyecto, y del apoyo que le hemos prestado muchos micromecenas. Kubik volverán a seguir deleitándonos con sus mentiras, desde las tablas, porque eso es el teatro: una gran mentira que permite a sus espectadores coger energías para poder seguir viviendo. Enhorabuena y ¡adelante Kubik!









