El Omron

El Omron
El Omron

Desde que mi suegro, doctora, se compró el aparato para medirse la tensión en casa, se ha vuelto loco. Fue detectarle el mal el médico de cabecera, como se decía antes (nunca se ha acostumbrado a llamarle médico de familia, como se dice ahora) y enloquecer. Le cuento el caso porque tengo confianza con usted. Resulta que fue detectarle el médico de cabecera, perdone que me repita, que su tensión ya no es la que solía ser y que tendía a la hipertensión, recomendarle el susodicho galeno que se la tomara la tensión de cuando en cuando y ya se ha vuelto loco, como todos los que le conocíamos ya suponíamos. Se ha comprado un cacharro llamado Omron en la farmacia de la esquina y se la toma cada dos por tres. Como está en casa y se aburre mogollón, pues venga a jugar con el cacharro, que no le llega la pensión para pilas de tanto uso como le da. En función de lo que le marque el cacharrito, toma decisiones sobre su vida, pero en plan minuto y resultado. No dan con el ajuste de medicación que necesita, será la edad, y está grillado con el temita. Que se le ha descompensado por la mañana, pues venga a suprimir sal y cafeses. Que parece que le baja a la tarde, pues viva el filete sabroso y paso de caminatas. Vive a golpe de toma de tensión. A veces despotrica de los políticos a los que conoce de la tele, de los que dice que toman decisiones a golpe de tuit o de encuesta, que son sus peculiares indicadores de la tensión del país, según le cuentan sus nietos, que él ya está mayor y no entiende nada del nuevo mundo. Les maldice, pero él viene a hacer lo mismo con su vida. Si hubiera sido político, solo dios sabe la que podría haber liado.

Los de Madrid

Bandera de la Comunidad de Madrid
Bandera de la Comunidad

Madrid es tierra de aluvión. Aquí han convergido, y nos hemos mezclado, españoles de las cuatro esquinas de la piel de toro. En mi generación había pocos, poquísimos chavales cuyos padres fueran madrileños, gatos, de pura cepa. Eran raros. “¡Anda, que tu padre es de Madrid!”, decía uno con asombro cuando conocía las parentelas de alguno de clase; era muy raro y hasta exótico. Madrid sigue siendo rompeolas de las Españas, y por eso nunca ha encontrado aquí sustento un partido madrileñista o regionalista, y lo poco que hubo apenas quedó en una expresión minoritaria e incluso pintoresca. En Madrid es raro que alguien te espete un “¿eres de fuera?” si escucha un acento de fuera, porque ser, lo que se dice ser, todos somos de fuera o con raíces de esa afueridad. A los de Madrid, y eso es una grandeza, mal que les pese a algunos, no se nos enseña el desprecio a otras regiones, ese sinsentido, y por eso llama tanto la atención cuando uno se encuentra gentes o comentarios que no simpatizan con “los de Madrid», como si los de Madrid, cuando cenamos por la noche, nos reuniéramos en oscuros conciliábulos para conspirar contra estas o a aquellas regiones. Es una tontuna recordar estas cosas, y es triste tener que hacerlo en estos tiempos de convulsiones territoriales que nunca entenderé. Así es como siento yo Madrid, como una comunidad que es tierra de acogida y punto de encuentro, donde nadie es de fuera porque casi todos somos o tenemos orígenes de fuera, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Y donde tenemos una bandera regional, siendo yo poco amigo de las banderas, que es una de las más bonitas del mundo al simbolizar las siete estrellas de la osa mayor, que tan claramente se divisa en estos cielos madrileños con aspiración de ser universales. Si Madrid, algún día, dejara de ser de esta manera, se replegara y se contrajera, perdería su alma y su esencia. Y esa bandera estrellada  habría perdido todo su sentido.

Una de política ficción

Congreso de los Diputados
Congreso de los Diputados

Una de política ficción. El presidente del Gobierno popular y los grupos políticos que le dan apoyo vulneran la legalidad, la Constitución y el Reglamento de la Cámara y registran una ley urgente para la recentralización del Estado y el fin de las comunidades autónomas. La oposición protesta airadamente ante esta ilegalidad flagrante, presenta recursos, abandona el hemiciclo… Todo en vano. La maniobra se consuma y se decide someter a un referéndum final y vinculante, deprisa y corriendo, sin censo y sin garantías, más propio de una república bananera que de un país avanzado y democrático en pleno siglo XXI. El Tribunal Constitucional prohíbe su celebración. El presidente y sus cuates hacen caso omiso y siguen adelante con sus planes, costeados con dinero público, claro. Las autoridades europeas ponen el grito en el cielo ante estas decisiones. Los fabricantes de banderas hacen su agosto. Los medios de comunicación afectos hacen su trabajo de propaganda y agitación, que da continuidad a la tarea de adoctrinamiento que se ha venido desarrollando en las escuelas y en los colegios desde hace décadas. Los jueces ordenan a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que hagan su trabajo e impidan la comisión del no-referéndum y de una ilegalidad flagrante, algo que no ocurre. El presidente da por buenos los resultados de la farsa y anuncia que el Congreso, o lo que queda de él, aprobará sus planes y la recentralización del país, en contra de toda lógica y de toda ley, de la historia compartida, echando por tierra la estructura legal en la que se apoya el sistema, después de haber sometido a la sociedad española a una tensión inimaginable. La gente sensata se pregunta cómo se ha podido llegar a esta situación, pero nadie les escucha, porque lo que vende es el grito, la furia y el abucheo a quien osa discrepar… La gente sensata se siente abatida de que haya tanto dirigente político irresponsable que divida entre buenos y malos, entre afectos y desafectos… Pero todo da igual.

¿Qué estarían diciendo y haciendo los nacionalistas de las diversas nacionalidades del ahora llamado Estado español si hubiera sucedido algo así?