Distopías que asustan: algunas cosas se van cumpliendo

Fahrenheit 451
Fahrenheit 451

El género distópico (obras que hablan de mundos futuros indeseables, creadas en muchos casos con intención de que reflexionemos sobre los riesgos que nos atañen como sociedad ante la evolución vertiginosa de estos tiempos) no cesa de generar productos y de ganar adeptos. Este verano leí El cuento de la criada, de Margaret Atwood, una ficción escrita en 1985 –no tan ficción en algunos aspectos- y que está muy de moda en las librerías porque describe la deriva totalitaria y teocrática en que se transforman los Estados Unidos, con las mujeres convertidas en esclavas sin ningún tipo de derecho… Asusta, pero hay rasgos de mucha actualidad, lo cual asusta doblemente. Distopías varias me marcaron en la adolescencia, como 1984, de Orwell, o Fahrenheit  451, de Ray Bradbury. Ahora me tiene fascinado una serie de Netflix, Black Mirror, acerca del impacto perverso que tienen las nuevas tecnologías en sociedades de un futuro que cada vez es más presente. La primera temporada de Black Mirror, de 2011, presenta cachivaches electrónicos, maneras y comportamientos que, hoy por hoy, ya son una realidad en algunos aspectos. Las distopías son útiles en tanto que abren debates sobre los límites de la ética, la imposición de una nueva “moral” y la manera en que rayas rojas que creíamos inviolables se traspasan una y otra vez, con los consiguientes riesgos para derechos y libertades que parecían no tener vuelta atrás. Pero ojo, que ya están aquí… Y es muy fácil dejarse manipular por lo cool, lo guay, que son unas modernas tecnologías que, sin duda, traen muchos beneficios, pero comportan una parte de riesgo sobre la que debemos estar prevenidos. Al móvil es mejor irlo mirando con recelo; por si acaso, vaya.

Reivindicación de Ramón

Ramoncín, LP La Vida en el Filo
Ramoncín, LP La Vida en el Filo

La última vez que vi a Ramón en directo fue allá por la primavera de 1990, tras el recital de Madrid en el que se basó parte de su LP doble posterior Al límite, vivo y salvaje. Yo y un par de colegas salimos del concierto tan espídicos con aquel chute de rock, que nos metimos en el coche y no quisimos coger el camino de vuelta a casa. Nos dedicamos a dar vueltas por no sé qué autovía, haciendo tiempo, con las melodías resonando en nuestras cabezas, vagando en la noche. En el medio del asfalto presenciamos las consecuencias de un singular siniestro: una furgoneta había atropellado una vaca o un animal semejante, y aquel ser yacía, muerto, desparramado en el suelo, mientras que el morro del vehículo estaba totalmente hundido, formando pliegues a modo de acordeón. Vimos aquel extraño suceso y seguimos deambulando antes de irnos a la piltra. Ramón había estado espléndido esa noche, en un concierto inolvidable y que recuerdo con viveza a pesar de los muchos años transcurridos. Aquel chaval de barrio convertido en un icono del rock patrio nos hacía brincar y saltar a los otros muchos chavales y chavalas de barrio que acudíamos a sus conciertos. Dueño de un soberbio cancionero repleto de himnos urbanos cargados de furia y libertad, nunca entendí por qué, con el paso de los años, tanta gente se dedicó a verter tantísima saña contra él, a atropellarlo de manera tan despiadada y tan injusta. A lo largo de este tiempo me han llegado a través de los sumideros de Internet, en más de una ocasión, basuras varias contra su persona, bulos, calumnias, infundios de toda laya contra un artista de primer orden, sospecho que muchas veces divulgados y difundidos por personas que jamás habrán visto un concierto de Ramón, que jamás habrán vibrado con su música y que jamás se habrán enamorado al calor de su directo. Lástima de país tan amigo del despelleje. Ramón siguió avanzando, supongo que con mil heridas, y la justicia le absolvió en el asunto de la SGAE. Esta primavera nos regaló un set que compendia su obra de todos estos años, Quemando el tiempo (1978-2017). Ramón, Ramoncín, ha salido adelante a pesar de los muchos atropellos y, por fortuna y para disfrute de sus fans, sigue esparciendo rock and roll a espuertas.

No pueden ganarnos

Duelo en Barcelona (elespanol.com)
Duelo en Barcelona

Hoy es de unos esos días para mandar muchos besos y tequieros a las personas que uno quiere, de desearles que se cuiden y se mimen, que estamos hechos de un material frágil y perecedero, y más si uno tiene la mala suerte de cruzarse con indeseables como  los autores de la matanza de Barcelona. No hay justificación posible para este mal sin rostro que golpea en todo el mundo, de Barcelona a Afganistán. Hay quienes llama “animales” a estos asesinos, pero nunca se vieron animales que degüellen, que aniquilen a sus congéneres de esta manera, movidos por un odio y una fe en una causa ciega, como antaño lo fue el fascismo o el nazismo. Contra este mal elevado a la enésima potencia solo cabe prevención policial, unidad de las fuerzas políticas, respuestas globales a esta amenaza y fortalecimiento del estado democrático en la defensa de los valores, los principios y las libertades que nos pretenden hurtar, sin ponernos jamás a su altura. Ningún dios puede justificar este mal tan atroz. En Madrid guardamos la memoria del dolor por los horrorosos atentados de 2004, y ahora ese mismo pesar nos hermana, por desgracia, con Barcelona. La mente humana tiene una capacidad infinita para hacer daño, pero estos bárbaros no podrán nunca ganar, no van a pasar, no pasarán. Somos más los que queremos una sociedad en paz y libertad, lejos de la ira y del odio. Hoy es uno de esos días para mandar muchos besos y tequieros a las personas que uno quiere.