Liberticida I

Stop
Stop

«Agente, soy el mismo que vino a verle ayer. Me declaro liberticida, según los sesudos análisis de prestigiosos comentaristas de nuestras radios cavernarias. Sueño con ser Liberticida I. No solo estoy de acuerdo con bajar la velocidad de los carromatos que recorren las autovías, como ha acordado nuestro Gobierno, sino que voy más allá. Soy partidario de restringir de forma radical la circulación en el centro de las ciudades, porque nos están envenenando y no me gusta mascar humo, y mucho menos que lo masquen los pulmones de nuestros niños y de nuestros mayores. ¡La ciudad, para los ciudadan@s! ¡Deténgame, agente! Tengo ganas de salir corriendo, aunque quizá usted corra más que yo porque sus piernas seguro que son más fuertes que las mías. ¡Apréseme!»

¡Sus vais a matar igual!

Velocidad
Velocidad

«Amigo agente. Un placer saludarle de nuevo en esta comisaría tan chula que han abierto en el barrio. Pasaba por delante y quise saludarle. Aparte, le cuento. A mí lo de la disminución de la velocidad me parece de maravilla, le parezca mal a quien le parezca. ¿Que al Alonso ese no le gusta porque se duerme? Fantástico; que vaya en bici. ¿Que al PP tampoco? Mejor. Yo estoy totalmente de acuerdo. Es más: yo incluso pondría controladores de velocidad a la salida de los portales de las ciudades, por las mañanas. Y a todo aquel que presentara a tan tempranas horas un exceso de revoluciones, ordenaría que por ley les mandaran a reposar al sofá de su casa o a la camita, hasta que se templaran los ánimos. Vamos todos muy pasados de vueltas en esta sociedad moderna, sobre todo con las cosas que escucha uno. Verá qué bien íbamos a vivir. ¿Usted tiene mano con Alfredo Pérez Rubalcaba para trasladarle esta modesta propuesta de los controladores de revoluciones apostados a pie de los portales? Le estaría eternamente agradecido. Tanto correr, ¿pa qué? Pa ná; ¡si sus vais a matar igual!»

Semántica del residuo

El testimonio
El testimonio

«Querida doctora. Querido agente. Les cito por primera vez de forma conjunta porque el caso se las trae. En resulta que la semana pasada encaminaba mis pasos hacia el lugar donde trabajo (lo suelo llamar «el convento», porque aunque está animado por un espíritu laico, paso larguísimas horas enclaustrado en él). Al grano, que se me va la olla: como les decía, bajaba hacia mi trabajo, paseando por las calles de esta bella ciudad de Madrid, cuando hete aquí que topé en la acera con los residuos que ilustran la foto que acompaña estas líneas: un pijama usado a rayas, de aspecto presidiario, sobre el que reposaba, sin dolor y en apariencia de manera placentera, un viejo diccionario español-holandés / holandés-español (spaans-nederlands / nederlans-spaan). Semejante hallazo me turbó para toda la mañana, y ya no pude rendir en condiciones como se merece en la causa laboral a la que me entrego. No paré de hacerme preguntas: agente, ¿se habría cometido un crimen entre la colonia flamenca de esta Villa y Corte (el pijama no presentaba rastros de sangre ni de otros fluidos, aunque no quise toquetearlo). Doctora, ¿qué hace un diccionario reposando a la altura de la bragueta de un pantalón de pijama usado? Sé que son preguntas sin respuesta, pero tenía que hacérselas a ambos. ¿Es la bragueta un gua para el conocimiento?»