Falta de raccord

Cinema
Cinema

«En su vida y en la mía, doctora, observo falta de raccord, o sea, se lo explico, «ausencia de la relación que debe existir entre los diferentes planos de una filmación, a fin de que no rompan en el receptor, o espectador, la ilusión de secuencia». Esto es: un actor no puede aparecer con un cigarro a medio consumir en un plano, y en el plano siguiente mostrar el mismo cigarro entero, porque algo falla. Convenido como es que la vida es una ficción, un teatrillo que a veces se nos viene abajo como un castillo de naipes desbaratado por un golpe de viento, los planos que componen la existencia no siempre guardan relación entre sí, con lo cual mi cabecita se aturulla y es cuando más vengo a su consulta. A veces veo cosas que no se explican, o que se pretenden explicar con un largo plano secuencia que no tiene ni pies ni cabeza. Se supone que tendría que haber una continuidad en cada plano de la vida, de forma que cada uno tenga relación con el anterior y sirva de base con el que le sucede, pero esto es la teoría cinematográfica, porque en la vida todo resulta al revés. Y mire que yo nunca he sido muy cinéfilo, pero esto del raccord me parece que explica muchos de los desequilibrios de nuestras mentes urbanitas. Doctora, deje de mirar por la ventana; métase en mi plano, hágame caso, ¿usted que opina?»

Dormidin@s

Vieja radio
Vieja radio

«Doctora, doctora, esta mañana he escuchado en la radio un anuncio muy raro. En principio pensé que había escuchado mal, y también atribuí mi percepción primera a la emoción que me embarga por la celebración hoy de la boda ducal. Pero no. Lo había escuchado bien. Resulta que en la radio anuncian un producto para dormir bien, que se llama Dormidina o algo así, y en el anuncio meten la voz de alguien que lo toma para poder descansar porque lo pasa muy mal con la presión que tiene que afrontar cuando aborda «recortes de personal» (sic). Me ha dado un escalofrío escuchar esto el mismo día que se han conocido los últimos datos de paro. Y me ha dado un escalofrío aun mayor cuando pienso en todas las víctimas de los recortes, los ajustes o como quiera usted llamarlos, doctora. Vivimos en una situación en la que algunos no tienen ni un céntimo para comprar dormidina y poder descansar, porque viven en una pesadilla permanente. Y otr@s, tan panchos, roncando, tomando dormidina o sin tomarla, que ni siquiera el ruido permanente de la motosierra y las tijeras de podar les quita el sueño.»

El telefonillo

Momento telefonillo
Momento telefonillo

«Yo todas las mañanas, doctora, me intento liberar del sopor, como hará usted, con el telefonillo de la ducha. Por este apéndice llegan mensajes raros del mundo exterior hasta mi cabeza, todavía embotada a tan temprana hora: haz café, vete a trabajar, reúne algo de dinero para intentar recortar la voraz hipoteca… El telefonillo, aplicado al cerebro, conversa con la realidad que afuera, en la calle, también se despereza entre bostezos. Tiene mucha vida el telefonillo, sí. A una amiga mía, cuando era preadolescente, una monja que tenía de profesora solía asustarle no sin cierta delectación con que el telefonillo lo cargaba el diablo: la monja sabría por qué en lugar de dialogar con Dios mediante el telefonillo de la ducha procuraba un cielo ardiente con Lucifer. Mi amiga se quedaba un tanto extrañada en su todavía alma de niña, y solo más tarde pudo aprender las otras ventajas del aparato para su cuerpo, que desde entonces emplea con frecuencia para liberarse de la realidad mediante la inmersión en el deseo. Los poderosos, doctora, también usan telefonillo para sacudirse el estupor. En la imagen de la izquierda, que para mi consuelo se publicó ayer en numerosos diarios, la canciller Merkel parece aplicarse a la oreja una especie de teléfono de los antiguos, que en apariencia se asemeja más bien a un telefonillo de ducha. Al otro lado debía de estar conversando con la afligida Europa, medio hundida por la crisis: «Canciller, sáquenos del hoyo, ¡no nos deje caer!», debió de suplicarle la UE a la jefa del Gobierno germano. En ese último deseo nos jugamos nuestra realidad presente y futura, doctora.»