¡Hombre al agua!

Salvavidas
Salvavidas

«Doctora, usted a quien yo veo tan perfecta porque aguanta con estoicismo mis peroratas, ¿también tendrá su parte chunga, no? Dígame una cosa, doctora: ¿cómo soporta todas las charletas y confesiones que le pegamos sus pacientes? No sé si medicará también usted o algo, porque sin duda que el suyo es un trabajo muy meritorio. Tras esta loa inicial a su persona, le expongo el comecome que hoy me trae a la consulta: somos seres presos, con más frecuencia de lo que pensamos, de un complejo cóctel de vicios y virtudes que nos chutan los genes heredados de nuestros ancestros, una carga genética que actúa como una tirana que nos impide dar un paso y de cuya férula hay que liberarse. Todos en nuestra infinita vanidad tendemos a pensar que somos seres perfectos y libres como un rayito de sol, pero no: ¡ay de nuestra parte chunga! Y a este complejo cóctel -que hay que controlar en la cabecita de cada cual para que no se vuelva molotov- se agregan todos los prejuicios, miedos y malajes varios que nos vienen por nuestra herencia sociocultural. Total, que todo se entremezcla, agita y convulsiona y a veces uno se siente como un hombre al agua en medio de las aguas procelosas de la confusión. ¡Doctora, écheme un cable o deme una espada para acabar con la herencia genética y con los usos y costumbres antes de que me vaya pal fondo!»

Letras y ciencias

Engranaje
Engranaje

«Cuando tenía 20 años, doctora, tuve una novia que estudiaba Medicina. Yo hacía una carrera de Letras, pero sentía que las letras no me bastaban para comprender la mecánica de mi cuerpo; los engranajes, vaya. Así que comencé a frecuentar el comedor de la cercana Facultad de Medicina, y no paré hasta que comencé a salir con una estudiante de mi edad y con las mismas inquietudes, solo que al revés: a ella las ciencias no le explicaban lo suficiente las reacciones de su cuerpo y necesitaba una mente de letras que intentara descifrarle los misterios de la vida, del amor y del deseo. Hacíamos el amor a todas horas para engranarnos y engrasarnos mejor: en los baños de la facul, en casas de colegas, en el coche de sus viejos, en donde podíamos. A fuego lento, eso sí, para que las ciencias y las letras emulsionaran en puntos de cocción adecuados. A fuerza de conjunciones fuimos comprendiendo nuestros respectivos engranajes, pero se dio la paradoja de que pasado el tiempo nos aburrimos el uno del otro porque ya no teníamos nada que explicarnos, ni que desvelarnos. Ella acabó saliendo con una alumna de Cirugía, porque quería recomponer algunos engranajes que las letras no reparaban, y yo, doctora, acabé en manos de una estudiante de Metafísica que me descubrió significados por encima de las palabras.»

La desconfianza

Sol
Sol

«Ay, doctora, de esos seres (en España son legión) que pasean por la vida escudriñando la vida de los demás con tono displicente y la suficiencia arrebatada en forma de permanente mirada por encima del hombro. Esos seres para quienes los demás somos siempre sujetos culpables de algo, y somos solo inocentes en un estadio secundario. Los seres que se aproximan a los demás con la curiosidad del fiscal y un principio básico: veamos qué oculta este bobo que tengo enfrente, que le convierte en culpable a ojos de mi criterio siempre infalible. En su retorcida cabeza le dan la vuelta al principio de presunción de inocencia («todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario»), y proclaman sin que haga falta juicio: «Todo el mundo es culpable hasta que yo no diga que son inocentes». Yo, doctora, prefiero lo contrario, será porque rayo en la estulticia, pero prefiero pensar -no sin prevenciones, que todo se pega- que todos los que pululan por ahí fuera son inocentes hasta que no hagan algo que les convierta en culpables. Esa desconfianza, por no hablar de la envidia, tan querida al ser de España. Las maneras de ser de la España negra, un color tan paradójico en un país bañado por el sol.»