Caligrafía y muecas

Caligrafía
Caligrafía

Se ha acostumbrado a ver su pensamiento escrito con estas letritas de molde que se escupen en la pantalla del ordenador, tan perfectas y redonditas. Y aunque generalmente tampoco es que diga gran cosa, qué gusto da ver cómo van apareciendo en la pantalla, por arte de birlibirloque, casi por ensalmo, tan bien hechitas. Las compara con lo que le pasa que cada vez escribe a mano: cada vez lo hace peor; está pensando en comprar un cuaderno de caligrafía para tratar de poner orden y enderezar esos garabatos tan feos que hace cada vez que coge un boli. Palitroques horrendos, eso es.

Ella, que escribía tan derechito, con esa letra que le dio tantos sobresalientes en el cole cuando era peque, hay que ver qué letruja apretada hace ahora, que no la entiende ni ella. Anda que dicen de la letra de los médicos; pues si vieran la suya, contrahecha y tan fea desde que sale de la punta del boli. Tal vez el problema proviene de que  cada vez coge menos papel y boli y/o pluma para juntar unas letras. Antes por lo menos todavía hacía las listas de la compra a mano, pero ahora con el Evernote ya ni siquiera eso.

Pero es que esto es un horror, enfrentarse a la letra tan desnortada es casi tan horrrendo como asomarse al espejo cada mañana y comprobar el efecto del paso del tiempo en el rostro de ella, que antes era tan bonita. Quizá espejo y papel estén conectados por alguna misteriosa fuerza, y ambos ofrezcan un reflejo tan feo en forma de imagen y de letra del ser que ella lleva dentro y que va saliendo a flote, aflorando cada vez más según van cayendo los años. Quizá imagen y letra solo sean, al final, una especie de muecas.

La ruidera

Stop ruido
Stop ruido

Qué ruidera en todas partes. Cuánta falta de silencio. En las clases, en todas partes, en las redes sociales.

– Nieta, a abuelo: ¿Por qué no te gusta la ruidera?

– Abuelo: hija, ¿qué ha pasado en los museos, que antaño eran templos a los que se acudía con veneración y que ahora son objetos de consumo y fondos ideales de esas cosas llamadas selfies? Sois la generación más ego-imagen-céntrica del mundo.

– Abuelo: recuerdo un viejo proverbio  árabe: Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas. Cariño, ¡tanto ruido por todas partes! Conversaciones subidas de decibelios. Tertulias de televisión a todo meter. Cláxones de coche. Uff, y en Navidad: jingle bells a todas horas, efecto cortylandia a lo bestia, y la musiquita esa de Mariah Carey; ¡es que ya ni los villancicos de antes! Ruido, ruido y ruido. Todo el día atronando.

Antes, cuando trabajaba, me pasaba el día hablando y hablando, no te creas. Pero estaba deseando llegar a mi apartamento y, tras tanto y tanto ruido, y tantas y tantas conversaciones, guardar silencio, en exclusiva conversación con mi persona, sin tener que escuchar a nadie. Al cerebro humano le encantan los bucles, así que podía pasar horas enredado conmigo mismo.

– Nieta, a abuelo: ¿Qué te bulle en la cabecita? ¡Habla, hombre, que te vas a ir cualquier día y no te voy a haber conocido!

– Abuelo: venga, va. Coge papel y lápiz. ¡No te vayas a emocionar, que tampoco tengo tanto que contar!

Casa de Campo, 1937

Búnker de la Casa de Campo (http://disfrutandodemadrid.blogspot.com.es)
Búnker de la Casa de Campo

De las múltiples heridas que surcan la tierra yo prefiero las que hacía con el arado para labrar el campo que me mantenía en Castilla. Detesto estos andurriales de las afueras de Madrid, con este sol de plomo, este calor asfixiante y el enemigo apuntando. Ayer mataron a Basilio: cayó como un conejo al que le hubieran propinado un golpe seco. Somos cientos, miles, de soldados, tirados entre estos árboles y estas lomas, viendo silbar las balas y detonar las bombas. De cuando en cuando cae uno de los nuestros, o uno de los suyos. Qué más da. Yo ya no sé de quién soy, de quiénes somos, presos como estamos en estas trincheras cavadas alrededor de los cerros de lo que llaman Casa de Campo, cautivos de la locura de una guerra sin fin, en la que muchos no quisiéramos estar. Qué cosas tienen los de ciudad, llamar “casa” a esta inmensa finca sin puertas, ni ventanas. No me siento de ningún bando. Me siento de mi pueblo, en donde me reclutaron para traerme aquí y llenarme de miedo, de piojos y de mugre. Una nube negra, la misma que, me temo, se cierne sobre España se ha apoderado de mi mente y no me deja ver más allá de la mirilla de este fusil que pesa como un muerto y apenas sé cómo manejar. Sí, este es el momento en el que uno, por insignificante que sea, siente el peso de la historia sobre sus hombros, de una historia trágica de España que ojalá nunca se vuelva a repetir.