Fenómenos paranormales

Pau Donés
Pau Donés

Los indígenas de la piel de toro en particular y los humanos en general siempre hemos padecido una relación conflictiva con la realidad difusa que nos rodea, presente y ausente a la vez. En tiempos inquisitoriales se llegaba a condenar a los herejes en ausencia, y el castigo lo recibían efigies de los reos a falta de carne mortal sobre la que ensañarse. El tiempo ha pasado, pero esa relación conflictiva sigue sucediendo. Vean lo del premio literario otorgado a un etarra huido, un premio en ausencia (el Sarri, Sarri de la canción de Kortatu que bailaban los punkis radicales de mi barrio años ha). Y la epidemia se ha contagiado: acaban de darle un Nobel a un investigador que se presuponía vivo, pero que en realidad se acababa de mudar al otro barrio. Fíjense que ahora hay un candidato que aspira a gobernar la realidad española sin decir ni mu sobre sus verdaderas intenciones y cuya doctrina principal es el «depende» (le preguntan: ¿bajará las pensiones?, ¿recortará el gasto social?, ¿erradicará el cangrejo americano de los ríos patrios?, y él contesta, «uff, pues qué lío, depende, depende, depende…»). «Depende» fue el título de una pegadiza canción que cosechó un gran éxito estos años de atrás; a mí no me gustaba, pero eran legión sus seguidores.

La televisión

Televisor
Televisor

«… ¡Ah! Ponme también mitad de cuarto de salchichón ibérico, y luego un trozo de queso manchego metido en manteca. ¿Sabes, Paco? Desde que murió mi marido, te puedo pedir de todo en esta charcutería tan mona que tienes en el mercado. ¡Mi esposo solía estar tan mal del colesterol que se nos estaba poniendo cara de acelga de tanto comer sano! Estoy bromeando; me gustaría tanto que él siguiera viviendo… Le echo mucho de menos, Paco, tan sola. Mis hijos me acaban de regalar una tele de esas planas de ahora, que por trescientos euros tiene de todo, dicen. Cuando me la trajeron, me acordé del primer televisor que tuvimos en casa, hace… 48 años, sí. En blanco y negro, claro; costaba 14.000 pesetas de la época, que era un dinero, ¿sabes? Bueno, qué vas a saber tú, que eres tan joven. Catorce mil pesetas, un dineral. A mi marido se las iban descontando de la paga de Galerías. De Galerías Preciados, un negocio que ya no existe, que es donde él trabajaba y donde compró el televisor. Éramos la envidia del barrio. Con la nueva tele me he acordado mucho de aquel viejo televisor y de mi marido… Por las noches, frente a la pantalla plana que me han traído los hijos, extiendo la mano en el sofá. Parece como si estuviera tocando sus dedos nudosos, aunque él ya no esté más. Presiento que mi vida está virando a sepia y barrunto que pronto se fundirá en negro, por muchos colores brillantes que tenga esta pantalla. Y que, quizá cuando llegue el the end, le vuelva a ver. Ah, Paco, échame también cuarto y mitad de lomo, del ibérico, claro, que hoy vienen los nietos a comer a casa…»

Demasiados anocheceres

Luto
Luto

No dejan de engrosarse, día tras día, los anocheceres en la piel de toro. Lutos anticipados en forma de muertes de mujeres, que ensangrientan el rostro de una sociedad, la española, que se presume avanzada. Anoche fue una mujer en Valencia; el domingo pasado, otras tres asesinadas en varios puntos de España. Van casi 50 víctimas por terrorismo doméstico, machista y criminal en lo que va de año. Cincuenta anocheceres precipitados. Medio centenar de muertas, de noches negras sin fin. El Gobierno acaba de lanzar una nueva campaña de concienciación para actuar ante las primeras señales de esta lacra, que parece no detenerse. Los paneles de las autovías suelen informar de las muertes en carretera; también podrían emplearse para advertir de esta otra sangría por desgracia tan cotidiana, para cuya erradicación debería conjurarse toda la sociedad española. Mientras no desaparezca, en España seguirá anocheciendo antes de tiempo.