Vuelve lo retro

Reloj Casio
Reloj Casio

Las muñecas de los seres humanos, al menos las muñecas de los seres humanos con los que me cruzo en el Metro, se están poblando de relojes de aspecto retro, de aquellos Casio de pantalla monocolor que yo también tuve cuando era adolescente. Es una vuelta más de lo retro en la moda, que avanza hacia adelante y hacia detrás. Es solo moda, seguro, aunque esta tendencia retro tan presente en el presente, ¿es una señal del futuro inminente? De hecho, lo retro está bien presente en España merced a políticas y políticos tan antañones como Esperanza Aguirre, por citar el ejemplo más cercano a mi condición de madrileño, quien -en una muestra más de su bonhomía y naturaleza cordial- acaba de arremeter contra los profesores que ponen en solfa el enésimo recorte en enseñanza (pública, claro) que ha perpetrado la presidenta. En una clara maniobra para ganarse el favor de la retroopinión pública, la mentada dama les acusó poco más o menos de no querer dar un palo al agua, enlazando con esa vieja y garrula mentalidad patria del «trabajas menos que un maestroescuela». Pena de país que durante siglos ha pensado de manera semejante sobre quienes enseñan a nuestros hij@s. Ay de las retronaciones que recortan en educación, bibliotecas, servicios públicos: están recortando el futuro, ni más, ni menos. Ay de los retros que amenanan a los maestros y maestras. No sé si la presidenta luce un Casio en la muñeca, porque, total, lo lleva bien colocado en el cerebro. Y gracias, por último, a todos quienes la retrovotaron el pasado mes de mayo, y que esperan esperanzados el Advenimiento Marianil, el Sumo Hacedor de lo Retro (¡Dios no lo quiera!): ¿ninguno se arrepiente de lo que retrovotó?

La barra de pan

Panes
Panes

No puedo salir a la calle sin desayunar, porque siento que me falta algo. El desayuno es la comida más importante del día, así que no puedo entender a la gente que amanece, salta de la cama, da un trago de agua al grifo y sale a la calle a encarar la jornada, sin más ni más. Sí, yo no puedo salir a la calle sin haber escuchado antes en mi casa las radios, visto alguna tele y sin comprarme el periódico, mi periódico, de camino a la boca del Metro que me engulle día a día para llevarme al trabajo. Desde hace muchos años viene siendo así, en los diferentes lugares en los que he trabajado hasta el momento. Al menú matinal se une también desde hace menos tiempo el repaso a algún medio digital. Hace muchos años ya, sí: creo que desde que tengo 18 años compro a diario mi periódico (he dejado una pasta a la empresa editora si echo cuentas). Sin estos nutrientes informativos matinales no me oriento bien en el mundo. Ya dice mi mujer que en esta casa el periódico es como la barra de pan.

PD: A la barra de pan tradicional de Madrid se le llama pistola, una denominación que no se emplea en otras partes de España. El caso es que hay periódicos que escupen balas. Y empresas editoras-panificadoras que juegan con fuego.

La filtración

Melocotón de Calanda
¡Ñam, ñam!

«Coincide el arranque del curso, doctora, con la novedad esta de la reforma constitucional. Quién dijo que el regreso del verano es tedioso. Septiembre es un tiempo de cambios, este año con el añadido de las elecciones generales a la vuelta de la esquina. Habrá más cambios en el espacio público. Llega el tiempo de las uvas, los últimos días los higos, los primeros y últimos melocotones de Calanda, tan efímeros. El adiós a la piscina de verano (toca la cubierta), el hasta pronto a las sopas frías y la lenta vuelta de los platos de cuchara a los fogones. Pronto perderán color los puestos del mercado con las frutas y verduras de otoño. Un poco más allá aterrizarán los sabrosos tomates de invierno, tan deliciosos. Los quioscos que se llenan de fascículos de cosas que nunca aprenderé. Recordar dónde dejé los paraguas, con esa dichosa naturaleza suya tan proclive a perderse, a desaparecer: tienen algo humano. Y más cambios en el espacio privado. Las mangas que se irán alargando. La ropa de verano que buscará cobijo en el armario, en el hueco que dejará de ocupar la de otoñoinvierno. Las capas de ropa que irán cubriendo la piel. El adiós a la luz de verano. El deseo de que la luz no se vaya del todo, que no se llene todo de nubarrones. La manta del sofá. La música sonando mientras afuera llueve en un día de invierno que también llegará y en el que solo apetecerá estar quietito bajo la manta, quizá leyéndole un cuento a la niña. Justo a finales de agosto me dijo mi dentista que un empaste se me está averiando; que tengo una filtración en él. ¿Sabe usted, doctora, si los dentistas entienden también de goteras en la cabeza, o lo mío es solo melancolía?»